domingo, 3 de julio de 2016

Entrar afuera salir adentro

Parece increíble que la obra de Carmen Perrin sea prácticamente desconocida en Bolivia, cuando se trata de una artista boliviana que destaca internacionalmente desde hace varias décadas con una obra consistente, madura y sobre todo de permanente búsqueda.

Perrin no se ha estancado en ningún nicho de confort redituable, como hacen muchos artistas que encuentran una veta y la explotan hasta agotarla y al mismo tiempo agotar su potencial creativo. Por el contrario, Carmen ha elegido el camino de los desafíos y gracias a ello ha logrado desarrollar en paralelo por una parte su obra más personal en pintura, escultura e instalaciones, y por otra su obra pública monumental que no deja de sorprendernos por sus dimensiones y su capacidad de transformar espacios.

Prueba de ello es el libro Entrer dehors sortir dedans (Entrar afuera salir adentro), una edición magnífica por su contenido y por su factura, que constituye una suerte de retrospectiva de una obra compleja en sus múltiples lecturas y ambiciosa en su proyección estética.

Fue para mí un desafío muy especial escribir el prólogo de ese hermoso libro-objeto publicado en Francia, que condensa 15 años de trabajo artístico. Carmen me pidió generosamente que yo escribiera sobre su obra y lo hice con la humildad de quien se aproxima al arte con los sentidos más que con afilados instrumentos de conocimiento crítico.

El libro fue publicado por la Asociación de Amigos de Carmen Perrin en ocasión de una gran exposición retrospectiva que tuvo lugar en la Casa de América Latina en París, del 7 de marzo al 16 de mayo de 2015. Solo artistas de esa magnitud se hacen merecedores de exposiciones retrospectivas tan completas y complejas, con un catálogo que es en sí una obra mayor.

La retrospectiva de Carmen fue el resultado de un trabajo que involucró numerosas personas e instituciones, entre estas últimas las fundaciones Sandoz, Ernst Göhner y Leenaards. La Galería Catherine Putman de París realizó en paralelo una exposición de dibujos y por supuesto la Maison de l’Amérique Latine abrió su espacio para la gran muestra, que incluyó obras monumentales, instalaciones efímeras, trabajos integrados a obras de arquitectura, piezas de taller y dibujos.

El equipo responsable de la edición incluye a Lorette Cohen, quien se hizo cargo de una estupenda traducción de mi texto, Pablo Lavalley, Carol Lambelet y fotografías de la obra de Carmen realizadas por 16 fotógrafos profesionales. Con la humildad tímida que la caracteriza, Carmen no aparece en ninguna foto y el título del libro es transparente, solamente se lo puede ver colocando el libro en un ángulo específico para que la luz lo refleje.

No he comentado antes el libro, cuyos ejemplares recibí hace un par de meses, porque estaba pendiente de una visita de Carmen Perrin a Bolivia, con la idea de que ella desarrolle en nuestra ciudad obra nueva. Ahora tenemos confirmación de que llegará a fines de agosto en una visita exploratoria.

En una próxima oportunidad daré a conocer una parte del prólogo que escribí, "La memoria de cristal de Carmen Perrin”, pero hoy quiero comentar el libro, que es en sí una obra de arte.

Este es de esos libros que uno quiere primero acariciar. Entre dos tapas de cartón rígido, cortadas directamente, sin forro, hay 280 páginas tratadas cada una con el mayor cuidado.

Antes de mi introducción, el libro se abre con una fotografía aérea de la Isla del Sol en página doble, para subrayar el anclaje afectivo y familiar de Carmen Perrin con Bolivia y en particular con esa isla del Lago Titicaca. Y las fotos en blanco y negro que ilustran mi introducción están todas vinculadas a esa relación con la isla y los isleños, que se remonta a don Alberto Perrin, el padre de Carmen, pionero del cine boliviano, y se prolonga con ella en la intervención artística que realizó en 2010, documentada por Michel Favre en Tan cerca tan lejos (2011).

Apenas terminada esa primera sección del libro comienza la fiesta de los colores con una explosión de letras de fuego en las que la artista ha sintetizado algo de su actitud hacia el arte: "Al borde de mí misma me detengo y me inclino”.

Las obras que recoge el libro no están organizadas en orden cronológico, la verdad no he logrado discernir si el orden corresponde a las necesidades estéticas del catálogo o al itinerario de la muestra en la Casa de América Latina en París, donde no pude estar.

En todo caso, me maravilla el testimonio visual que recoge el libro de la obra monumental permanente de Carmen, que ha modificado espacios públicos para darle una nueva vida. No es ella solamente la que los ha intervenido, sino la gente que los transita cada día, a veces sin saber que esas obras pertenecen a Carmen.

De hecho, me sucedió a mí con el muro poroso que instaló en 2006 frente al espacio deportivo de Pailleron, en París, donde yo había estado muchas veces con mis nietas sin ser consciente de que se trataba de una obra de Carmen Perrin.

Algo similar sucede cada día con los niños que juegan en la dunas de cemento en la Plaine de Plainpalais (2012), en Ginebra, con las gigantescas huellas de "Detrás de un lobo hay un lobo” (2009) en Affoltern, Zurich, con la prolongación de la playa al faro en el muelle de Paquis en Ginebra (2005), con el muro perimetral de ladrillo rojo en los jardines de Eole (2007) en París, y finalmente con las gigantescas puertas que diseñó para la estación de Cornavin (2013) en Ginebra, utilizando un material novedoso, el cemento Ductal, que otorga a la obra una textura brillante y aérea, y de gran resistencia y durabilidad.

El libro intercala en páginas amarillas fragmentos de una larga entrevista realizada por Lorette Cohen, en la que Carmen habla de sus motivaciones o Françoise Saerens comenta otra de sus obras públicas monumentales: la Plaza Azul en Grenay, Francia.

El resto es experiencia. Toda la experiencia de Carmen en intervenir desde un papel o un muro, hasta una plaza gigantesca. Cada obra es diferente porque es el espacio a intervenir el que determina las características de la intervención estética. Círculos, tramas, líneas, palabras y frases sueltas, búsquedas geométricas al infinito, donde la mirada se pierde en el minucioso detalle… Eso y mucho más caracteriza la obra de Carmen, vanguardista natural, es decir, sin proponérselo, lo cual la diferencia de tanto arte conceptual efímero que vemos en estas épocas.

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