jueves, 17 de agosto de 2017

Eugenia y Ruiz dan a conocer sus nuevos poemarios


Al poeta dominicano Neftalí Eugenia Castillo y al poeta boliviano Jorge Carlos Ruiz los une una gran amistad y han unido esfuerzos para presentar sus últimos trabajos de manera conjunta.

En Santa Cruz de la Sierra lo harán esta noche, a las 19:30, en la biblioteca Víctor Hugo, de la Alianza Francesa (calle 24 de Septiembre 36).

Aunque se nublen tus ojos es el título del poemario del jesuita, poeta y narrador dominicano. Poemas suyos están incluidos en la antología poética Ríos paralelos: 7 poetas latinoamericanos contemporáneos y la antología El rayo que no cesa (2013).

Neftalí Eugenia es cofundador de la tertulia literaria Una poesía para Dios, que ha impulsado en su país. Además ha sido invitado a diversos festivales internacionales de poesía.

Por otro lado, Jorge Carlos Ruiz (La Paz, Bolivia, 1979) presentará su poemario Estados naturales. Además de escritor, Ruiz es filósofo, antropólogo y teólogo. Ha trabajado en comunidades indígenas de distintas partes de América Latina y tiene publicados cuentos, artículos y es columnista de un diario nacional.
Los dos poetas también serán los encargados de impartir el taller Desde la carne al alma: Humanismo y espiritualidad en la poesía, que impartirán el sábado a las 19:00 en la Casa Melchor Pinto. El costo de ese taller es de Bs 100.

Benjamín Chávez Camacho presentó "Los trabajos y los días"

Este miércoles por la noche, en el Club Oruro se desarrolló la presentación del libro "Los trabajos y los días" de Benjamín Chávez Camacho, una recopilación del trabajo de este escritor que fue publicando desde 1999, principalmente en el periódico LA PATRIA, en el suplemento El Duende.

La presentación y comentario de esta producción literaria estuvo a cargo del renombrado escritor orureño Carlos Condarco, quien se mostró orgulloso por ser parte de esta actividad, misma que calificó como trascendental para la cultura orureña.

Para Condarco, el término literato es adecuado para nombrar a Benjamín, por sus constantes aportes a las letras de nuestro país, tanto con sus pensamientos y poesías en sus más de diez libros, además de sus publicaciones en periódicos de La Paz y Oruro.

Sobre el libro de Benjamín Chávez, "Los trabajos y los días", Carlos Condarco manifestó: "Hermosa y declarativa denominación de la obra, con reverente actitud, la tomó Benjamín del poeta griego Hesíodo. Es inevitable, en estos días en los que el estudio de las humanidades clásicas está bastante descuidado, que hagamos una ligera referencia a Hesíodo. Este autor, corresponde al periodo Arcaico de la literatura griega, nació en la localidad de Ascra, en la Beocia, entre sus diferentes obras se cuenta ´Los trabajos y los días´, donde se ocupa de las edades de la humanidad y de los trabajos agrícolas, de acuerdo a su propio ciclo".

Pero no es todo, su contenido no es solamente narrativo, sino, es asimismo, reflexivo y moralizante, enuncia profundos pensamientos sobre la condición y el destino del hombre. Es aquí donde encuentro vínculo sutil que une ambas, obras que comparten un mismo título: ´Los trabajos y los días´.

Así como el griego, Benjamín se enfrenta con la condición del hombre; pero si la visión de Hesíodo está velada por un innegable pesimismo, la de Benjamín, tiene el vigor del optimismo. Él permanece, constantemente con todos sus sentidos puestos en la realidad del mundo exterior y de sí mismo. Es hijo del asombro por las maravillas del Universo. Sus percepciones se polarizan en su espíritu sensible y en su inteligencia atenta y cultivada.

Luego con la magia que él sabe imprimirle, sus emociones toman expresión y nace el poema. Aquí, deseo aclararlo, no me refiero el ´poema´ únicamente a las composiciones escritas en verso, sino, también a las que lo están en prosa. Todas son obras literarias, poemas, considerándolas como ´estructuras lingüísticas de finalidades estéticas´".

lunes, 14 de agosto de 2017

Banco BISA incentiva a los niños a cuidar el planeta

Más de 2000 niños fueron nombrados Guardianes del Planeta durante su visita al stand de Banco BISA, en la Feria Internacional del Libro. Los pequeños enfrentaron y vencieron al monstruo de la contaminación y aprendieron con juegos a reciclar la basura, a ahorrar agua y energía en sus hogares, asimismo, asimilaron la importancia de cuidar los árboles porque estos producen oxígeno, son el hogar de las aves, absorben CO2 (dióxido de carbono), garantizan el agua, protegen el suelo y proporcionan sombra, entre otros. Los nuevos guardianes recibieron de regalo un arbolito pino ciprés y se comprometieron a cuidarlo.





El escritor, historiador, político y periodista Mariano Baptista Gumucio, un ‘omnívoro cultural



Como aficionado que soy a la historia republicana, me llamó la atención que alguien de mi generación escolar ostentara el mismo nombre del ilustre presidente Mariano Baptista. Era, en efecto, su bisnieto. Y marchaba por las calles paceñas con su hermano Fernando, tan unidos que parecían gemelos. Ellos en el colegio La Salle y yo en el alemán Mariscal Braun. Eran los bravos años 50, en los que la sangre aún tibia de Gualberto Villarroel rememoraba su martirio a manos del populacho alcoholizado. Guardaba bajo mi colchón recortes de prensa y algunos números del pasquín Alambre de púa que, pese a los años transcurridos, seguía atizando el odio hacia el MNR y a la supuestamente tenebrosa logia Radepa. Toda esa malsana literatura produjo en muchos de nosotros admiración por el coraje de los vencidos el 21 de julio de 1946.

Fue durante las elecciones del 6 de mayo de 1951 que, incrustado en la Federación de Estudiantes de Secundaria (FES), apoyé con mis seguidores la candidatura presidencial Paz Estenssoro-Siles Zuazo. En esas andanzas nos contactamos con los Baptista, además de hacer causa común con la juventud comunista. Advino el miércoles 9 de abril de 1952 y en las primeras escaramuzas, ora en la plaza Abaroa o en el monoblock de la UMSA, fusil al hombro nos cruzamos nuevamente con Mariano. Pero nuestra amistad se fortaleció cuando como dirigentes estudiantiles —en memorable congreso en Potosí— armamos la toma de la Confederación Universitaria de Bolivia (CUB) con Baptista (alias Mago) a la cabeza, porque lejos de los pelotones de choque contra el falangismo fascistoide, Baptista era ya Secretario Privado de Paz Estenssoro y autor de Revolución y universidad en Bolivia, su primer libro.

En 1957, pichón de diplomático, asumí la tarea de secretario de la Embajada en Londres bajo la tuición del embajador Víctor Paz. Un año después, Mago fue transferido de Roma en igual función y de esa manera pasamos dos años de intensa fraternidad y múltiples actividades. Por ejemplo, nos matriculamos en aquel interesantísimo curso de civilización y literatura inglesa, que además de pulir los conocimientos lingüísticos nos adentró a la obra de Shakespeare y los modernos de la época, como E. M. Foster o las hermanas Brontë. Por mi parte seguí estudios internacionales en el London School of Economics and Political Science, lo que posibilitó asistir a aquella conferencia dictada por Arnold J. Toynbee, con quien Mago sostuvo, luego, un agitado diálogo.

Fue en el barrio londinense de Hampstead donde nos hospedamos en ese singular internado mixto llamado Belzise Residential Club y donde se fortaleció la complicidad juvenil: marchamos por la paz en Aldermaston, leíamos todo y de todo; en esos esfuerzos comenzó mi verdadera admiración por Mago, por su seriedad prematura y por su voracidad por informarse de todas las aristas literarias, científicas y artísticas en ese cautivante tiempo de la Guerra fría. Era, como siguió siendo después, un verdadero omnívoro cultural.

De la pérfida Albión se autoexilió a Venezuela para soterrarse una década, ¿perdida? No tanto, allí germinó su La guerra final, manifiesto angustioso contra el holocausto nuclear que amenazaba al planeta. De retorno al país, ante el colapso del MNR en 1964, una nueva generación política irrumpió en el escenario nacional: Marcelo Quiroga Santa Cruz, José Ortiz Mercado, Óscar Bonifaz, Eduardo Quintanilla, quienes con la incorporación de Mago y más tarde la mía propia, formamos el cuerpo civil del gobierno del general Alfredo Ovando, ese patriota taciturno que desde el 26 de septiembre de 1969 aspiraba devolver a Bolivia su perdida dignidad en el quinquenio barrientista. La noche negra del militarismo volvió con Hugo Banzer en 1971 y Mago tomó la pluma para combatir la satrapía implantada.

Entretanto desde el destierro en Caracas trabajábamos arduamente para la recuperación democrática que advino con las elecciones generales de 1979. El interregno de Wálter Guevara Arze requirió el concurso de Baptista en la cartera de Educación y Cultura, cargo que ocupó por segunda vez. Nos cruzamos en el mismo camino cuando me entregó el solio ministerial al asumir la presidencia Lydia Gueiler Tejada.

En todos esos años Mago se consagró a escribir libros y más libros sobre la realidad nacional educativa y cultural, criticando el sistema educacional decadente o bien exaltando los valores olvidados de pensadores bolivianos. Desde entonces su pasión por sembrar museos se volvió imparable. Cuando Hernán Siles asumió la presidencia lo invitó a la importante Embajada en Washington y su sucesor más tarde lo convocó a asumir la jefatura de misión en Santiago. En ambos destinos, aparte de su cometido diplomático, el escritor dejó sendas obras alusivas a esos países. En ese agitado itinerario otra característica que compartimos fue la amistad que nos unió a ese ateneo de políticos celebres irreproducibles en comparación a la fauna política actual. Hombres de la talla de Paz Estenssoro, Guevara Arce, Siles Zuazo o Augusto Céspedes nos brindaron su amistad y contribuyeron a nuestra formación cívica.

En más de dos ocasiones, cuando la función internacional me lo permitió, invité a Mago a acompañarme, por ejemplo, a la Conferencia Mundial sobre Población realizada en Bucarest en 1974. Allí ocurrió un divertido episodio, pues el diminuto dictador Nicolás Ceausescu —quien había construido un gigantesco palacio al que dominó la Casa del Pueblo—, nos agasajó allí mismo, pese a no estar terminado el edificio de 4.000 habitaciones. Para pesar suyo, nunca logró ocuparlo plenamente, porque el 25 de diciembre de 1989 murió fusilado junto a Elena, su mujer, al cabo de una cruenta rebelión popular. También Baptista, el pensador, nos regaló conferencias en La Catalina en Costa Rica, en ese centro democrático dirigido por el presidente José “Pepe” Figueres.

Siempre en constante contacto sea a nivel gubernamental o en el llano, en días de sol de dicha o en noches lóbregas de desdicha, nuestra amistad se hilvanaba con el hilo irrompible de la lealtad y el afecto mutuo. Entretanto, Mago seguía escribiendo y ayudando con su característica generosidad a autores noveles o a escribidores tardíos. En sus años otoñales impuso en la televisión local un novedoso programa de exaltación a la razón de ser de la bolivianidad que con esa constancia que es la suya, llegó a miles de entregas, levantando la fe en Bolivia y en los bolivianos.

Los recuerdos antes anotados son pertinentes cuando la Feria del Libro rinde homenaje al escritor por su obra y por la entrega de su vida a la cultura de la nación. Porque Mariano Baptista Gumucio es, sin ningún género de duda, un ejemplo de trabajo lúcido y constante y de patriotismo para la generación de ahora y para aquellas que aún vendrán.

El Mago incansable

Alfonso Gumucio Dagron / Cineasta

Los libros, las crónicas, los artículos de Mariano Baptista Gumucio son como espejos. O bien transparentan en imagen nítida y detallada aspectos de la realidad social y cultural boliviana o bien reflejan una serie de impulsos originados fuera del país, que iluminan nuestra cueva cultural y proporcionan puntos de referencia, parámetros de juicio y amplían el horizonte cotidiano.

Mariano Baptista es un creador de ensayos, autor permanente de textos que son aportes concretos sobre situaciones concretas. Ninguna divagación, ningún alarde puramente artístico o psicológicamente egocentrado, pero sí una claridad absoluta de exposición, agilidad de estilo y riqueza de expresión que muchos autores de ficción quisieran poseer. Y mucha lucidez, amplitud de 360 grados hacia todo lo nuevo y todo lo que pueda significar positivo para la humanidad. Su radio de acción lo diferencia de otros escritores bolivianos.

Está por encima de fronteras y encasillamientos; se proyecta lejos de la mezquindad que suele caracterizar a nuestro mundillo intelectual; desafía los celos y recelos de la olla de grillos con solidez intelectual confirmada con el prestigio internacional del que goza. Por otra parte, es el escritor inmediato. Nada de lentas y pesadas elaboraciones ilegibles, nada de obras escritas “para la posteridad”. Si La guerra final o Los días que vendrán son libros que perdurarán, no han sido escritos con el propósito de convertirse en clásicos. Cada uno de los libros de Mago cumple o intenta cumplir una función inmediata. Todos manifiestan con gran objetividad y lenguaje depurado y sereno (libre de prejuicios) la angustia del humanista por el mundo que lo rodea.

Lector-devorador, consume libros y revistas de todo orden, se nutre de publicaciones llegadas de diversos países del mundo. La lectura le gusta, la palabra impresa lo subyuga, cita a Isaac Babel: “un punto bien colocado puede traspasar el corazón de un hombre”. Tiene una memoria impresionante, un fichero mental que le permite respaldar todo lo que escribe con citas a la vez amenas y contundentes. A quienes lo acusan de utilizar mucho la tijera, responde: “No hay nada nuevo bajo el sol. Es más honesto citar las fuentes que no hacerlo”.

Literatura pluriescritural



Para mí Bolivia fue, como toda Latinoamérica, primero una escritura. No quiero decir literatura, porque me parece marcarla por rasgos y matices históricos, críticos, culturales… No, fue una escritura, una que sonaba diferente al resto. Y esto es, creo, importante, porque el lector infantil, el adolescente, no termina de ser muy consciente de la idea de la traducción. Por eso, un libro escrito en inglés pero traducido por un español suena más cercano que el texto de un latinoamericano que usa sus giros, su léxico, su vocabulario. Así que Bolivia fue, primero, para mí, otro acento, otra sintaxis, otro léxico. Sorprendentemente cercanos al español, por otro lado, en comparación a lo que sucede con otras literaturas latinoamericanas.

Eso, más o menos, le dije a Edmundo Paz Soldán la primera vez que hablé con él. Durante algunos años, en Madrid, en la coctelería donde nos reuníamos un grupo de gente relacionada con el libro, Edmundo era “la” literatura boliviana. Hacíamos esa broma cuando él entraba por la puerta y, paciente, toleraba nuestros chistes de imperialistas inconscientes, o de emigrados —porque también había más latinoamericanos allí— con un profundo desconocimiento de Bolivia.

Paz Soldán fue alguien que, acaso de forma involuntaria, puso a Bolivia en el mapa de la literatura en castellano tras el boom. Además de haber sido el impulsor de la salida del país y, por lo tanto, de la visibilización internacional de muchos autores que hoy son reconocidos dentro y fuera del país, regresó una y otra vez a hablar de Bolivia. A dibujar un país multiforme y complejo, muy alejado del cliché del altiplano que se había ofrecido hasta entonces a los ojos extranjeros.

Y también fue, para mí, quien me empujó a leer a Wilmer Urrelo. No me canso de repetirlo, pero si hay una obra que vaya a sobrevivir a nuestro presente, ésa es la de Urrelo. Sobre todo mediante esas dos novelas-monumento que han sido capaces de encapsular la complejidad de la sociedad y la historia bolivianas: Fantasmas asesinos y Hablar con los perros. Yo tenía en mente esos dos libros la primera vez que visité Bolivia. De algún modo inconsciente era la ciudad retratada en ellos la que buscaba mientras caminaba por La Paz. Así se lo dije a Wilmer cuando finalmente, tras haber intercambiado varios correos electrónicos, nos conocimos: “He caminado calles que localicé en el mapa al llegar a la ciudad tan solo porque aparecen en tus libros”.

Pero había cosas que no era capaz de ver. Por ejemplo, le dije que me llamaba mucho la atención que los colegiales lucieran esas corbatas con escudos que nunca había visto en otra ciudad. Él me indicó que, precisamente, el colegio en el que esos niños estudiaban era el que aparece retratado en su novela. Como ese fueron surgiendo muchos detalles más. Luego comenzó a hablarme de la nueva novela que está escribiendo, de cómo se ha tatuado el rostro de la protagonista de esa novela, que fue un personaje histórico, en su antebrazo. Y siguió mostrándome rincones de Sopocachi, y dándome detalles de la historia de Bolivia y de las relaciones del país con otros autores y otras literaturas. De esa tarde de cafés y paseos surge la noción que tengo ahora de la literatura boliviana.

Una literatura que no representa fielmente la realidad de la que ha nacido, sino que la moldea. La Bolivia real, más o menos sugestiva para el visitante, es otra muy distinta de la que puede encontrarse en sus libros. Entendámonos: es distinta pero no parecida, es semejante y muy diferente. Acaso por eso sea tan necesaria y tan buena idea una empresa como la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia. Porque si hay algo que es necesario hoy es repasar esa otra nación que se ha formado a través de la escritura.

El Estado Plurinacional de Bolivia no lo es solo por territorios o lenguas, no lo es solo por culturas, lo es también por literaturas. No se trata de algo tan sencillo como que sean escrituras realizadas en distintas lenguas, algo que no puede obviarse y debe tenerse siempre presente, sino que es a través de esas escrituras como se han forjado tantas otras nacionalidades. En ese sentido, es Bolivia un país privilegiado porque ha sabido darse cuenta —o han sabido hacerlo sus gobernantes— de que un país no es, sencillamente una comunidad consensuada, sino una serie de comunidades superpuestas y muchas veces enfrentadas, siempre cambiantes y conectadas, que se influyen y se repelen de modo constante.

No hay una literatura nacional única e incontestable salvo que una dictadura imprima ese sello unificador. Del mismo modo, no hay una literatura boliviana. Hay una literatura cruceña, una colla y una paceña, y esta tampoco queda tan claro que no esté dividida en una capitalina y otra de El Alto. Podríamos extendernos hasta el hartazgo y plantearnos la misma idea de una literatura que no sea individual y, por lo tanto, incomunicable.

Y sin embargo, no es así. La escritura de cada uno de esos autores termina abriéndose paso desde el particular rincón desde donde escriben, ese tercer mundo propio y construido por ellos mismos como dijeran Deleuze y Guattari, para llegar a tantos. Y entonces convertirse en una literatura pluriescritural, híbrida y polimorfa, que es un fiel correlato de la complejidad de la sociedad y la nación boliviana. Acaso sea ese uno de los motivos de la renuncia de las multinacionales de la edición en castellano de mantener un pie en territorio boliviano. Pero esto, lejos de verse como un obstáculo para la difusión de las escrituras bolivianas debiera entenderse como una oportunidad para densificar esa literatura multiforme. Una literatura hecha de mil, un millón, de escrituras. Una literatura sin historia, sin características definidas y, por tanto, sin lastres.

FIL: Más ventas, pero menos visitantes

La 22 Feria Internacional del Libro fue considerada un éxito por organizadores y expositores, con ventas comparables inicialmente a las del año pasado y mayor participación en las actividades, pese a que hasta el viernes se recibieron menos visitantes.

Así lo reconoció la gerente de la Cámara Departamental del Libro de La Paz, Tatiana Azeñas, quien consideró que el fin de semana largo, por el feriado del 6 de agosto, se registró menor número de personas en el campo ferial.

La misma impresión tuvieron Joaquín Cuevas de La Viñeteca y Carlos Ostermann de librería El Pasillo. Sin embargo, los tres entrevistados consideraron que en este último fin de semana la cantidad de visitantes aumentaría.

“Estamos a la expectativa. Si bien no hemos tenido afluencia durante el fin de semana largo, las mismas características de este feriado, en el que se podían organizar viajes, nos perjudicó. Aún queda este fin de semana y, pese a todo, tenemos números similares a los del año pasado y es posible superarlos”, dijo Azeñas.

Sin embargo, los expositores han detectado ventas iguales o superiores a la 21 Feria del Libro, también auspiciada por La Razón. Marcel Ramírez de 3.600 calculó que sus novedades tuvieron muy buena respuesta del público y sus cifras son positivas.

“Es algo que se debe evaluar: hay menos gente, pero las ventas han subido”, agregó Cuevas.

Por eso, la Cámara hizo durante la feria distintas evaluaciones de la misma. Una de ellas se relaciona con la promoción de dos entradas por el precio de una. Azeñas indicó que esto no solo busca atraer más personas, sino que servirá para evaluar si la asistencia tiene relación con el precio.

Paralelamente se están efectuando encuestas con asistentes y expositores sobre los distintos aspectos del evento, desde la programación cultural hasta el precio y los ingresos de los vendedores.

Aunque los resultados finales se harán públicos en los siguientes días, la gerente adelantó que se detectó una mayor participación en las actividades culturales y que el abono de Bs 40 —con el cual se podía visitar la feria en varias oportunidades— tuvo una buena respuesta de la gente.

“Hemos tenido mucha gente en actividades y debates. El problema es que la feria es una vorágine cultural concentrada en poco tiempo. Siempre hay gente que tiene que dar prioridad de ir a una sala en vez de otra y eso hace que algunos eventos tuvieran salas vacías”, explicó Azeñas.

Otro de los puntos positivos fue la distribución de los stands, los cuales son más grandes. “Los expositores trabajamos para que nuestros espacios sean más agradables para la gente, que sean más cómodos”, agregó Ramírez.

Sin embargo, la gerente advirtió que aún hay problemas a la hora de registrar cuántas personas ingresaron al campo ferial Chuquiago Marka (Bajo Següencoma). En parte porque hay quienes entran gratuitamente, como los niños de colegio y adultos mayores.

Asimismo, los organizadores ven la necesidad de establecer espacios donde autores y editores puedan realizar ruedas de negocios con empresarios del exterior.

Wilmer Urrelo: “Creo que hay que aprender a reírse de uno mismo”

Urrelo es una de las voces más importantes de la literatura boliviana actual. Acaba de presentar su nuevo libro, Chicuelo dice, en el que reúne las columnas que escribió para el suplemento Letra siete. El libro editado por ElCuervo estará en las librerías cruceñas en pocos días más



El escritor presentó ayer en la Feria Internacional del Libro de La Paz su nuevo libro, en el que reúne las columnas que escribió en el suplemento literario Letra siete, del diario Página Siete.
El autor de Hablar con los perros incluye para esta publicación, editada por El Cuervo, textos inéditos y en esta entrevista analiza la situación del periodismo boliviano y opina acerca de los columnistas que actualmente escriben en los medios nacionales.

Sin pelos en la lengua se muestra crítico del poco espacio que se la da a la cultura e indica en Bolivia no se le da importancia a la construcción de una memoria y de la necesidad de resguardarla.
Eso y más cuenta a EL DEBER el ingenioso escritor.

¿ Cómo empezaste la escritura de estas columnas y qué te pareció el proyecto durante el tiempo que lo hiciste?
Al principio lo tomé como un ejercicio y así apareció un estilo propio (no inaugural, ojo, digamos que con cierta marca mía). Y de ahí salieron los personajes como la Florecita Rockera, la Ovejita Literaria, el pequeño niño blasfemo etc. Pues fue una gran experiencia. No solo pensaba “y ahora qué voy a escribir este mes” sino que estaba pensando qué foto iba a sacar y cómo iba a arrancar la primera frase. De hecho, hacía una especie de trampa a lo Hemingway: escribía esa primera frase y no volvía a ella luego de un par de semanas. El suplemento en el que las publicaste, Letra Siete, ya no existe

¿Cómo ves el tema del espacio cultural en los periódicos y qué tan importante creés que son en estas épocas tan cibernéticas?

Mirá que vengo de una generación en la que sólo nos informábamos mediante el periódico. De hecho, todo lo que sabía de literatura en los 80 y 90 del siglo pasado se lo debía a los suplementos culturales de aquellos años. No había internet, obvio, y esa era la única forma de conocer qué estaba pasando en el país y en otros lugares o qué libros (siempre caros) habían llegado a las librerías. Teniendo en cuenta lo anterior, creo que es una gran pérdida. Y encima está la actitud francamente tibia (no hay nada peor que eso) de los altos mandos de Página Siete: o estás comprometido con la cultura o no lo estás, es así de simple, y evidentemente este periódico no lo está. En Bolivia no nos damos cuenta de eso, de lo importante que es construir una memoria y resguardarla.

¿Sabes qué salvó Juárez cuando la invasión imperial?
No salvó el oro o el dinero. Salvó el Archivo General de la Nación. Recorrió todo México (mientras los invasores ganaban terreno) en carretas tiradas por bueyes. En otras palabras, él sabía que la cultura, los escritos y todo eso eran muy importantes para un país, que ahí, en la memoria, estaba la verdadera riqueza. Si no hay hechos (hechos en serio, no las burreras que los periódicos siempre dicen con relación a este tema), sino no apoyan (odio esta palabra, pues suena a limosna, y a lo mejor sí lo es), si no hacen cultura es mejor que se queden callados o que digan que ese espacio no les importa, que no hay plata y listo.

¿Qué te permiten estos textos que la ficción no? Y bueno, ¿Cuánto de ficción hay en las columnas de El Chicuelo dice ?

En esas columnas hay cosas que jamás habría escrito. Es lo más personal y autobiográfico que escribí hasta ahora, sobre todo en las últimas: la muerte de mi papá, la tristeza de mi mamá, la muñeca satánica, el cierre de mi colegio, etc., es como un striptease en serio. En las columnas de El Chicuelo dice hay un grado de autobiografía muy grande y por lo tanto espantoso.

¿Hay columnistas bolivianos que destaqués y que sigás siempre?

Pues no, tal vez por ahí a la (María) Galindo, sin embargo creo que el problema de ella es que practica un feminismo políticamente correcto: Todo lo que dice está bien, y todos los demás van por la senda equivocada, y para colmo de males es más solemne que una lápida. No se ríe de ella misma, o de su movimiento, por eso es políticamente correcta. A veces tiene grandes cosas, sin duda, por ejemplo la columna que escribió sobre Jaime Iturri, esa es memorable. Pero lamentablemente en general sus columnas siempre te dicen lo mismo.

Creo que tenemos una pobreza enorme en este sentido. La gente que escribe columnas le tiene miedo a todo, tiene miedo a pensar, a decir lo que creen, y caen en la corrección. En alguna columna de allá por 1940, (Augusto) Céspedes llama a un diputado “Equino No Ilustrado”. Si ahora dices eso te acusan injustamente de racista. O si escribes “la chola me dio un abrazo” ya fuiste, al tiro te acusan de racismo. Ahora se escribe así: “la mujer de polleras me dio un abrazo”. Eso es triste y alarmante.

¿Agregaste otros textos más a los ya publicados antes? ¿Cómo fue ese trabajo? Porque los de Letra Siete eran un poco coyunturales ¿Cómo escogiste los temas para las inéditas?

En realidad los textos coyunturales son muy pocos (esa coyuntura tenía que ser muy fuerte para escribir sobre ella, por ejemplo, cuando llegó Bergoglio o cuando hubo la sequía acá en La Paz.

Los textos inéditos fueron saliendo como iban saliendo al momento de escribir para Letra Siete: de pronto se me ocurría un tema, escribía la primera frase y la dejaba dormir y luego de un par de semanas la escribía.

¿Los textos de El Chicuelo dice son bastante cómicos y provocadores ¿Vos sos de la idea de que la literatura y el periodismo boliviano siguen siendo solemnes?

Sí. Y creo que hay que aprender a reírse de uno mismo, de tus desgracias, de tus limitaciones (sobre todo), esto último es un gran ejercicio y además es un crecimiento personal. La ausencia de humor, más la enorme ignorancia que sufren los periodistas y las periodistas en general en este país, ha matado un par de generaciones. Mirá que antes teníamos a un Chueco Céspedes o, no sé, al buen Tito de la Viña y era gente leída, no recurrían a Wikipedia cuando no sabían algo porque dentro de su vida diaria la lectura cumplía un papel relevante. Si haces una encuesta entre la gente que se dedica al periodismo y le preguntas qué leyeron en los últimos meses te vas a llevar una sorpresa enorme. A eso se le llama autoformación. Y esta palabra no existe en el diccionario del periodismo boliviano (de todos, el periodismo deportivo es el peor, y mucho más el televisivo: hablan como gauchos, se visten como gauchos y la cagan como los gauchos. ¿Habrá algo más pervertido que eso?).

¿En qué proyecto literario estás trabajando actualmente?

Tengo estancada una novela, digamos, grande por la cantidad de páginas y por esa necesidad un poco estúpida de abarcarlo todo. Y por ahí me estoy animando a escribir algo más corto e íntimo. Algo, un novelín para terminar de pelearme con la familia materna y romper relaciones para siempre. Eso es saludable. Recontra saludable. Creo que lo haré. Despacio, sin necesidad de correr. Pero solo es, hasta el momento, un proyecto. Veremos qué dice el tiempo.