martes, 7 de marzo de 2017

Los escritores bolivianos retratan la prostitución, y no siempre como el crimen contra los derechos humanos que es.



La coyuntura política —casi siempre— nos tiene obsesionados. La continua publicación de textos que refieren al paraíso del incario y a los males heredados a través de más de 500 años de opresión colonialista son claros ejemplos. En fin, vivimos tiempos de cambio. Pero toda sociedad no necesariamente se rige en su diario vivir por el acontecer político. No solo de política vive el hombre, en los seres humanos también afloran sentimientos arcanos, deseos clandestinos, instintos ocultos, inclinaciones recónditas y pasiones varias. Esta conjunción está reflejada, por ejemplo, en la expresión epónima de burdel.

Tristemente, la prostitución no es algo nuevo, forma parte de nuestra historia, está dentro de nuestra realidad social. Al rastrear un poco la literatura boliviana sobre este tópico brota el gusto a la vida lujuriosa, clandestina y peligrosa. Este escenario pecaminoso sirvió de inspiración en distintos cuentos, dramas y novelas.

Se puede mencionar al escritor y periodista Claudio Cortez (1908-1954), quien publicó la novela La tristeza del suburbio en 1937. Esta trama tiene como escenario las calles pobres de la urbe paceña. En ellas transitan ebrios, mendigos, excombatientes de la Guerra del Chaco y mujeres libertinas. “Una calle ancha sin empedrar, donde hay casitas pequeñas, tiendas, pisquerías y chicherías, iluminadas en su entrada con lamparillas rojas. El ambiente festivo de esa calle con sus postes de luz a grandes intervalos, con trechos penumbrosos, oscuros y malolientes, inspiraban asco y terror (…). En ese barrio se manifestaba la alegría que proporcionaban los organillos, pianos, cantatas y bailes de esas mujeres sucias que festejan a quienes visitan esas casas”. El autor hace referencia al callejón

Conde-Huyo, en el que los visitantes se extasiaban entre el placer y el peligro. Numerosos testimonios literarios señalan insistentemente la gran relevancia de esta curiosa calle, sobre todo en relación con las noches paceñas hasta finales de la década de los 40.

También el afamado escritor y político Gustavo Adolfo Navarro (1896-1979), conocido con el seudónimo de Tristán Marof, publicó la novela La ilustre ciudad: historia de badulaques en 1950. El propio Marof considera que La ilustre ciudad “es un libro festivo, que pretende interpretar el lado humorístico de una de las sociedades más conservadoras del país”. El relato trata de condensar la vida cotidiana de la culta e histórica Charcas, llamada también La Plata, Chuquisaca y finalmente Sucre. La trama acontece durante la presidencia de Ismael Montes. Los personajes que pinta Marof van desde distinguidos caballeros y damas de la más alta alcurnia chuquisaqueña a estudiantes universitarios de la antigua casa de estudios (Universidad de San Francisco Xavier), extranjeros, clase media y el sector cholo (mestizo).

Uno de los personajes de la novela es Manolito del Tejar. Es descrito como un joven de la aristocracia chuquisaqueña. Elegante en su forma de vestir y elocuente conversador. Acababa de llegar de Chile. Uno de sus temas favoritos de Manolito era la “casa de las niñas” (prostíbulo chileno). Este personaje resalta animosamente la diferencia entre las cholas chuquisaqueñas de la que decía que tenían el pudor hipócrita y las chilenas liberadas al placer febril. Estas “niñas” se desnudaban de manera natural, eran bellas, elegantes, chiquillas deseosas de complacer al eventual acompañante. A diferencia de las cholas que eran timoratas, difícilmente se despojaban de su vestimenta, toscas en atención y descuidadas en su higiene. El grupo de oyentes quedaba electrizado con los relatos de Manolito y crecía su deseo por estar en la “casa de las niñas”.

Desde los tablones el dramaturgo Raúl Salmón de la Barra (1926-1990) reflejó esta temática en su obra teatral La calle del pecado. Salmón fue el creador de lo que llamó “el teatro social”. Dramas de fácil comprensión, escritos con el propósito de mostrar los males de la sociedad y ofrecer una solución moralista. Los personajes y el dialecto que trazó Salmón son prototipos de la sociedad fácilmente identificables: cholas, birlochas, pitucos, ricos, comerciantes, hampones y prostitutas.

El conocido catedrático Mario T. Soria relata en su estudio El teatro boliviano en el siglo XX (1980) las peripecias que asumieron Raúl Salmón y su elenco. “Tuvieron que defenderse hasta con los puños por llevar adelante su obra teatral”. Una de las piezas que tuvo éxito y provocó gran polémica social, cultural y artística fue La calle Conde-Huyo o la calle del pecado, estrenada en enero de 1944. El relato se desarrolla cerca de las diez de la noche en el callejón Conde-Huyo (en la actualidad ya demolido por la ampliación de la plaza Alonso de Mendoza), que consistía en dos cuadras llenas de boliches y burdeles. La calle del pecado por las noches albergaba a estudiantes universitarios, artistas, zapateros, albañiles, músicos, homosexuales, policías y bohemios. Todos buscaban sexo, libación y diversión.

Pero a la vez Salmón refleja algunas realidades latentes de la época que pueden ser extensibles hasta el presente. La calle del pecado también causó la propagación de enfermedades venéreas, y el proxenetismo se hace patente en las líneas que trazó Salmón (“¡Todas estamos atrapadas aquí! ¡Las dueñas nos atrapan!”). La miseria conduce a la calle, por la falta de empleo, la necesidad de comer, o las familias desintegradas.

Este breve recorrido por los lenocinios a través de la literatura boliviana nos muestra nombres y rostros anónimos y a la prostituta, quien ha servido de inspiración a muchos autores. Unos libros que en muchos casos pretenden ser alegorías del placer pero que realmente se convierten en el reflejo de las “tristezas del suburbio”, de la desesperanza, de la subsistencia, del acorralamiento y de la explotación de los seres humanos.

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