miércoles, 4 de diciembre de 2013
Escritor Isaac Sandóval donó 15.448 libros
El historiador y escritor cruceño Isaac Sandóval Rodríguez concluyó el fin de semana con la donación de su patrimonio bibliográfico personal, de 15.448 libros, al Centro Cultural Santa Cruz, de la Fundación del Banco Central.
El abogado contó que dentro de la colección hay 50 anuarios que pertenecieron al expresidente Aniceto Arce. “También tuve la oportunidad de comprar parte de los libros del expresidente Narciso Campero”.
Sandóval indicó que, inicialmente, los libros tenían que ir a los armarios de la biblioteca de la carrera de Derecho de la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno (UAGRM). Pero la iniciativa no se dio porque las autoridades universitarias no mostraron interés por el material, aseguró el también escritor.
En el lote figuran libros de historia, economía, derecho laboral, sociología de escuelas de pensamientos del marxismo y el estructuralismo que el abogado recolectó en los últimos 50 años. El personal del centro cultural tuvo que usar 110 cajas para llevarse todo el material.
martes, 3 de diciembre de 2013
Amplían plazo para el premio de poesía hasta el 28 de febrero
El Ministerio de Culturas amplió hasta el 28 de febrero de 2014 el plazo de entrega de las obras para el Premio Nacional de Poesía Yolanda Bedregal, por recomendación del jurado, que encontró deficientes los trabajos presentados hasta la fecha.
Mediante un comunicado de prensa emitido ayer, la cartera gubernamental también informó que los autores que ya presentaron sus poemarios pueden retirarlos para hacer una revisión y volverlos a postular.
Para ello, deberán apersonarse a las oficinas del ministerio (calle Ayacucho esquina Potosí) y solicitar las plicas, mencionando el seudónimo que utilizaron al entregarlas por primera vez. Esta decisión tiene como objetivo que los concursantes puedan mejorar la calidad de sus versos y, así, aumentar sus posibilidades. La ampliación fue resultado de dos reuniones que el ministro Pablo Groux tuvo el viernes con los representantes de la familia Conitzer Bedregal, la editorial Plural y el jurado.
Estos encuentros se realizaron a raíz de un conflicto que surgió entre el plantel evaluador y la cartera debido a que el primero, tras revisar las 87 obras habilitadas para el certamen, no encontró un trabajo que merezca ganar el premio nacional de literatura.
Esto ocasionó, como se informó el martes pasado en La Razón, que el ministerio convocara a un segundo plantel evaluador luego de que no se llegara a un acuerdo con el primero para seleccionar un trabajo ganador. Según la convocatoria de este año, no se puede declarar desierto al concurso. Sin embargo, Culturas determinó aceptar la sugerencia del jurado oficial, presentada en un acta, de ampliar el plazo.
“El jurado calificador, compuesto por reconocidos intelectuales en el campo de la literatura boliviana, tuvo a su cargo la lectura de 94 obras postulantes, cuya conclusión en el acta recomienda la ampliación de la convocatoria”, reza el comunicado oficial.
Según los registros de la cartera mencionada, este año se recibió una cifra récord de 94 obras postulantes. De éstas, se habilitaron 87 que cumplían con todos los requisitos que establece la convocatoria lanzada el 28 de abril.
El autor ganador de esta XI versión del premio, que lleva el nombre de la poeta Yolanda Bedregal, recibirá un premio en metálico de Bs 31.000, la publicación de la obra ganadora editada por Plural, una medalla de oro entregada por la familia Conitzer Bedregal y un diploma de honor.
Según el comunicado, el “Premio Nacional de Poesía Yolanda Bedregal aspira a promover efectivamente la lecto-escritura y fomentar la producción literaria de las bolivianas y bolivianos”. Culturas no respondió sobre la situación del segundo jurado nominado tras la primera revisión.
Amplían plazo de convocatoria para XI Premio Nacional de Poesía
En las pasadas horas, el Ministerio de Culturas indicó, luego de que el Jurado Calificador declarara desierto el XI Premio Nacional de Poesía Yolanda Bedregal, ya que, por unanimidad, consideró que no hay una obra, entre las 94 presentadas, que sea meritoria del galardón de poesía más importante del país, que se amplía el plazo de presentación de obras para este certamen hasta el 28 de febrero de 2014.
Los responsables del Premio, que en fecha 29 de abril de este año publicó su convocatoria abierta, tenía como límite de entrega el pasado 30 de agosto. Luego de observar que en 2011 el certamen fue declarado sin ganadores decidieron cambiar una de las cláusulas en la que se especificaba que “el Jurado no puede declarar desierto el Premio”. A pesar de esta reglamentación, el Jurado calificador, cuyas identidades no se pueden dar a conocer según las normas, insistió en no otorgar el galardón a ninguna obra presentada por no considerarlas de suficiente calidad poética.
Benjamín Chávez, quien se hizo de este premio en su versión 2006, es representante en el exterior de la poesía boliviana, organizador de encuentros de poesía y miembro del Jurado Calificador de este galardón el pasado año, en conversación con EL DIARIO, argumentó que “todo premio de poesía debería tener la cualidad de ser declarado desierto”, ya que se trata de un certamen consagratorio que debiera mantener un nivel elevado en calidad.
“El año pasado quedamos con el Ministerio de Culturas en que este Premio ya no podría ser declarado desierto. Esto responde a muchos factores: que el dinero del premio será devuelto, que las leyes son así y que a la hora de la contabilidad se verá que este es un ítem no utilizado”, declaró el poeta.
Además, se debe subrayar que en esta gestión, aparte de la medalla de reconocimiento que brinda la Familia Conitzer – Bedregal, el monto económico destinado al ganador del Premio Nacional de Poesía 2013, ascendió de 22.000 bolivianos a 31.000, el cual es financiado por la Gobernación de La Paz y el Ministerio de Culturas.
Los responsables del Premio, que en fecha 29 de abril de este año publicó su convocatoria abierta, tenía como límite de entrega el pasado 30 de agosto. Luego de observar que en 2011 el certamen fue declarado sin ganadores decidieron cambiar una de las cláusulas en la que se especificaba que “el Jurado no puede declarar desierto el Premio”. A pesar de esta reglamentación, el Jurado calificador, cuyas identidades no se pueden dar a conocer según las normas, insistió en no otorgar el galardón a ninguna obra presentada por no considerarlas de suficiente calidad poética.
Benjamín Chávez, quien se hizo de este premio en su versión 2006, es representante en el exterior de la poesía boliviana, organizador de encuentros de poesía y miembro del Jurado Calificador de este galardón el pasado año, en conversación con EL DIARIO, argumentó que “todo premio de poesía debería tener la cualidad de ser declarado desierto”, ya que se trata de un certamen consagratorio que debiera mantener un nivel elevado en calidad.
“El año pasado quedamos con el Ministerio de Culturas en que este Premio ya no podría ser declarado desierto. Esto responde a muchos factores: que el dinero del premio será devuelto, que las leyes son así y que a la hora de la contabilidad se verá que este es un ítem no utilizado”, declaró el poeta.
Además, se debe subrayar que en esta gestión, aparte de la medalla de reconocimiento que brinda la Familia Conitzer – Bedregal, el monto económico destinado al ganador del Premio Nacional de Poesía 2013, ascendió de 22.000 bolivianos a 31.000, el cual es financiado por la Gobernación de La Paz y el Ministerio de Culturas.
Novela de Sisinia Anze explora vivencias milenarias
"La lanza de Longinos. El conjuro del abrigo negro", cuarta novela de la autora cochabambina Sisinia Anze Terán, propone una exploración fantástica de las tradicionales milenarias de los Andes, la Segunda Guerra Mundial y el mundo tecnologizado.
La novela, publicada por el Grupo Editorial Kipus y recientemente presentada, está ya disponible en las principales librerías de la ciudad, incluida la de Kipus.
En criterio de Dennis Morales, de la Sociedad de Escritores de Narrativa Fantástica, "La lanza de Longinos" consigue "fusionar con total éxito no solo elementos tradicionales alto-andinos, sino también hechos históricos, propios de una Europa consumida por la Segunda Guerra Mundial,y otros más bien de puntual actualidad en un mundo como se concibe hoy plagado de la omnipresente tecnología".
SAGA Los hechos que narra la novela de Anze dan continuidad a las historias de “Abrigo negro” (2009), una obra anterior de la autora, que hoy se emplea como texto de lectura en la enseñanza secundaria en Cochabamba.
Sin embargo, Morales advierte que esta nueva entrega puede ser leída independientemente de la anterior, ya que los eventos narrados pertenecen a líneas temporales excluyentes y con protagonistas muy disímiles.
“Ahora, la historia toma lugar en nuevas locaciones del altiplano boliviano, todas plagadas de fantásticas costumbres milenarias que ni siquiera la colonia española pudo erradicar”, puntualiza.
La novela, publicada por el Grupo Editorial Kipus y recientemente presentada, está ya disponible en las principales librerías de la ciudad, incluida la de Kipus.
En criterio de Dennis Morales, de la Sociedad de Escritores de Narrativa Fantástica, "La lanza de Longinos" consigue "fusionar con total éxito no solo elementos tradicionales alto-andinos, sino también hechos históricos, propios de una Europa consumida por la Segunda Guerra Mundial,y otros más bien de puntual actualidad en un mundo como se concibe hoy plagado de la omnipresente tecnología".
SAGA Los hechos que narra la novela de Anze dan continuidad a las historias de “Abrigo negro” (2009), una obra anterior de la autora, que hoy se emplea como texto de lectura en la enseñanza secundaria en Cochabamba.
Sin embargo, Morales advierte que esta nueva entrega puede ser leída independientemente de la anterior, ya que los eventos narrados pertenecen a líneas temporales excluyentes y con protagonistas muy disímiles.
“Ahora, la historia toma lugar en nuevas locaciones del altiplano boliviano, todas plagadas de fantásticas costumbres milenarias que ni siquiera la colonia española pudo erradicar”, puntualiza.
lunes, 2 de diciembre de 2013
Hasta el infinito y más allá
Alfredo y Saúl hacen el trayecto entre El Alto y Arica. Comen donde se tercia. Suelen dormir poco. Son camioneros. Saúl es un peso pluma: fino como aguja. Tiene ojos chiquitos, patillas ralas y la pinta de un karateka trasnochado después de una pelea. En los dominios de Alfredo, el ‘soundtrack’ habitual es capaz de hacer bailar a un moribundo: folklore, rock, salsa, chicha, bachata.
Mi nombre es Alfredo Massi. Tengo 38 años y soy camionero: el dueño de un Volvo americano con el que viajo a Chile todas las semanas. Hago la ruta El Alto-Arica, Arica-El Alto desde hace casi 20 años. Me estoy haciendo viejo en la carretera.
Sábado. El camión —matrícula 2298— partió hace un par de horas desde una gasolinera de la periferia alteña. Se trata de una mole de fierro que remolca un container con 800 cajas de castaña de exportación y acelera ahora en medio de un paisaje monótono y frío, dominado por la paja brava y colores ocres y grises.
El camino invita a ratos al aburrimiento. Sobre el asfalto: algunas curvas, líneas blancas, líneas amarillas, rectas interminables. A su alrededor: mares de nubes, la sucesión de pueblos.
Me gusta salir temprano, sobre todo sabiendo cómo son las paradas y demoras en la frontera. Pero lo que más me agrada, lo más emocionante, siempre es retornar: el Illimani, los otros cerros, el ingreso a la ciudad, que mi mujer y mis hijos me esperen.
No me gusta enfermarme y que los medicamentos estén vencidos. Si uno se pone mal durante el trayecto, a veces no hay dónde lo atiendan. Una vez me resfrié muy duro, horrible ha sido, temblaba mucho. Por suerte, un primo que estaba en otro tráiler me friccionó con sus orines y me recuperé rápidamente. Ni siquiera yo mismo lo creía.
A Alfredo, a veces, lo confunden con Evo Morales: su peinado es tipo casco, con la raya al medio, y, de perfil, su nariz luce bastante parecida a la del Presidente. Pero él no suele presumir de eso, sino de su mirada de escopeta: donde pone el ojo —suele decir— pone la llanta.
La vida del volante
Mi nombre es Saúl Massi, pero muchos de los que me conocen me dicen El Flaco. Alfredo es mi hermano. Tengo 31 años y soy camionero. A los 10, ya trabajaba como voceador de un minibús; y aprendí a conducir a los 13. Cuando Alfredo retornaba de algún viaje, a veces, me subía a su camión sin que él se diera cuenta, lo ponía en marcha, lo movía y luego lo dejaba de nuevo en el parqueo. Me pilló porque no siempre lo acomodaba del todo bien, en el mismo sentido en el que estaba. Desde entonces, me entusiasma ir de aquí para allá, la vida del volante.
Saúl es un peso pluma: fino como aguja. Tiene los ojos chiquitos, patillas ralas y la pinta de un karateka trasnochado después de una pelea: cara de pillo, pelo revuelto. Su Volvo es igual al de su hermano Alfredo, sólo que algo más moderno. También lleva un cargamento de castaña encima. Su valor: 95.000 dólares.
Saúl, que no es propietario del vehículo, recibe un sueldo mensual de más o menos 400 dólares, 237 veces menos de lo que cuestan las 15 toneladas que transporta en estos momentos.
Yo siempre he deseado un camión propio. El camión, al final, es como una casa, el ambiente donde uno suma nuevas experiencias. Gracias a él, he podido hacer amigos: El Tortuga, El Cara de Wawa, El Viejo, La Bella y La Bestia . Con ellos toca compartir fechas señaladas, como la Navidad. Son como una segunda familia para uno.
El almuerzo —charque, papa, huevo duro— es en Patacamaya, a las 12.20. Quizá Saúl no vuelva a meterse otro plato caliente entre pecho y espalda antes del anochecer. A veces es así: se come donde se puede y lo que hay. En ocasiones, no hay nada. A ratos, es difícil distinguir el hambre del apetito. Y la dieta suele ser un crimen nutricional: rica en calorías, pobre en carbohidratos; rica en grasas saturadas, pobre en hierro; llena de salsas industriales —ketchups, mostazas, mayonesas—, llena de pollos crocantes que las caseritas iluminan con un foco para que permanezcan tibios.
Cuando no voy con demasiada carga, yo suelo llevar una pequeña hornilla y su garrafa para hacerme té o matecito y matar el frío. Porque a veces es grave, sobre todo cuando nos quedamos en medio de un bloqueo. Una vez estuve parado varios días por eso y tuvieron que traerme agua desde muy lejos porque ya no me quedaba nada. Fue rudo.
El soundtrack del camino
En el camión de Alfredo hay una litera, varias gavetas, frazadas, una almohada azul de los pitufos, un casco de obra, un armario, un cajón con una Biblia chiquita, con documentación, con tarjetas usadas de teléfono, un cargador de baterías, un peine de plástico, botellas vacías.
También llevo montos grandes de dinero. En una ida y vuelta a Arica gasto fácilmente entre 500 y 600 dólares únicamente en combustible. A veces, incluso más; y luego hay que pagar los peajes, la alimentación, los caprichos, los refrescos. Siempre tengo a mano alguito extra para emergencias. Y trato de no hacerme faltar hoja de coca. En nuestra profesión, casi todos pijchan. Pijchar es bueno. Te quita los dolores cuando estás un poquito enfermo. Y ayuda además cuando está por agarrarte el sueño.
En la cabina del chofer, la radio casi siempre es una buena compañera contra el tedio. Y en los dominios de Alfredo el soundtrack habitual es capaz de hacer bailar a un moribundo: folklore, salsa, rock, chicha, bachata, composiciones románticas.
Ahora suena un CD remix con una portada en la que se ven unas palmeras y un título a juego —Tropiclásicos, dice la bolsita en la que se hallaba el disco—.Reúne grupos de nombres sugestivos (Amor Azul, Ráfaga, Tormenta, La Bamba) y canciones aptas sobre todo para potenciales suicidas: Volver a empezar, Engañadora, Maldito corazón o Amantes.
Uno de los cantantes que disfruto mucho es Roberto Carlos, sobre todo por su voz; y por su tema Camionero. Él habla de lo que nos pasa, de la soledad, de la tristeza.
Cuando Alfredo no está escuchando música, sintoniza a ratos algún dial extraño. Con su aparato de onda corta logra agarrar emisoras de parajes lejanos. Y a veces se adormece con el runrún de un noticiero ruso o se espabila con la sabrosura y el son de un locutor cubano.
Destellos amarillos
Para Saúl, que ha recorrido la mayor parte del país en “colosos” parecidos al que actualmente maneja, la representación de la frontera —Tambo Quemado en Bolivia y Chungará en Chile— no son las construcciones compactas, ni el viento nervudo que pareciera soplar en toda dirección imaginable ni los paisajes como apocalípticos, sino la hilera de vehículos de alto tonelaje con rumbo a Arica que a diario se tranca.
Las filas suelen ser interminables. Las hacemos para que los funcionarios revisen la mercancía, para dejar documentación, para que nos sellen. Y es muy estresante. Antes, llegábamos al puerto, a nuestro destino, en un día. Ahora, eso es casi imposible.
También hubo un antes —cuando Saúl era todavía chico— en el que tardaban alrededor de una semana. Por aquel entonces, Saúl solía acompañar a Alfredo o a su padre en algunos de esos periplos; y los atrasos no eran por culpa de los aduaneros, sino porque la vía no estaba pavimentada. Porque era de greda y el camión, en ocasiones, se trababa.
Cuando ocurría algo así, ellos renegaban y yo me divertía mucho. Recogíamos arbustos y los colocábamos frente a las ruedas para que no resbalaran, para sacarlas.
Son las 19.30, Alfredo y Saúl ya cenaron y lo que le preocupa al menor de los hermanos es hallar al responsable de un vehículo que le corta el paso. Saúl decide regresar al sector del papeleo y pregunta ahí por la matrícula: “El 2911”, grita desde el fondo de un pasillo en el que aguardan turno entre 40 y 50 camioneros.
Nadie responde. “El 2911”, vuelve a intentarlo sin éxito. “El 2911, lo acabo de chocar”, bromea después. Y entonces, sí: aparece enseguida el conductor del 2911 y Saúl puede arrancar su Volvo de nuevo.
Saúl avanza unos minutos en mitad de una oscuridad inquietante y, tras varios volantazos para esquivar un par de baches y algún que otro hueco profundo, Chungará aparece como un horizonte de focos amarillos. El puesto fronterizo ya cerró; y entre los destellos y Saúl debe haber al menos cuatro kilómetros de tráilers que también pasarán la noche acá, varados en este limbo tan particular que nadie sabe bien a quién pertenece.
Tierra de nadie
Domingo. Alfredo se levanta a las tres de la madrugada, prende el motor de su Volvo para que no se enfríe y éste se queja repetidamente como si tuviera tos.
Media hora después, Alfredo lo apaga, dormita un poquito; y a las 07.00 está otra vez con un ojo avizor para ver qué ocurre.
Lo que ocurre es que toca ser paciente. Así siempre es. Y es mejor no salir de la colcha hasta que esto se mueva. Cuando uno asoma las narices muy pronto, se agripa. A veces, un señor viene en su auto y vende café. Pero casi nunca alcanza para todos. Si no estás al principio de la cola, como nosotros hoy, ni siquiera se puede contar con eso.
En cuanto atisba un poco de acción fuera, Alfredo, que luce un ll’uchu marrón que le cubre las orejas, lo primero que hace es arreglar su cama, que queda en la parte posterior de la cabina helada. Luego, intenta adivinar cuánto tardará en cruzar a Chile; y no es muy optimista. “No saldremos de aquí al menos hasta las cuatro de la tarde”, profetiza. Por ahora, los camiones, que uno detrás de otro tienen la apariencia de una serpiente gigantesca, apenas se esfuerzan. Y Chungará parece todavía un espejismo inabordable.
En otras fronteras no es igual que acá, cada una tiene sus particularidades y, según el tramo que uno hace, también son diferentes los problemas con los que se enfrenta. Cuando uno va a Perú, por ejemplo, es más fácil resolver todos los trámites, pero después tiene que tener mucho más cuidado con lo que transporta. Una vez, cuando había hartísima guerrilla, yo llevaba azúcar y me asaltaron unos hombres con ponchos y con carabinas. De Sendero Luminoso han debido ser. Antes de dejarme marchar, me obligaron a bajar diez sacos de la mercadería. Más bien que a mí no me hicieron nada.
Alfredo arriba a Chungará alrededor de las 18.20, hora chilena —las 17.20 en Bolivia—. Media hora, después —y tras casi un día entero en tierra de nadie— atraviesa los controles. En ese lapso, él y Saúl comieron sólo una empanada frita y unas galletas.
Chatarra y cruces
A partir de aquí, la carretera se pone interesante: curvas complicadas curvas sencillas, curvas asesinas. Saúl mantiene un ritmo anodino. Es consciente de que no debe correr: en este sector —la Ruta del Desierto— ha habido decenas de percances.
Mi hermano suele decir que el principal error de los principantes es confiarse. Y es cierto. Hay sitios en los que uno piensa que puede ir más rápido cuando no es así; y luego, le mete al acelerador y se embarranca. El mismo Alfredo, una vez que granizaba harto, bien jodido se ha volcado. Se fracturó una parte de la columna. Lo tuvieron que sacar en ambulancia. Estuvo tres meses echado y creo que otros seis sin trabajar. Desde entonces, odia que llueva.
En algunos trechos, sobre todo donde las laderas son pronunciadas, la vía parece un cementerio: está repleta de remolques que cayeron, chatarra oxidada y precipicios que parecieran tragar hierro; y también, de cruces de madera y nichos en homenaje a los que fallecieron aquí por un mal cálculo, por un descuido, porque fallaron los frenos. En algunos hay flores marchitas; en otros, juguetitos —es así cuando entre las víctimas hubo algún niño—; y muchos ya no revelan nada: están ahí, pero son como renglones vacíos.
Donde el sendero se estrecha, el manejo se vuelve bastante peligroso. Y hay que tener cuidado. En ese rincón de ahí, en plena montaña, se estrelló un colega que iba con su pareja y sus tres hijas. No se salvó nadie. La mujer salió disparada por el cristal tras el impacto y el resto agonizó poco después a causa del incendio. Más allá, otro camionero se salió de la calzada por un giro que hizo a demasiada velocidad y murió decapitado.
Saúl cuenta las historias con detalle, como si fuera un periodista de esos periódicos amarillistas que sólo se animan a dar malas noticias. Lo hace de forma teatral, agitando muchísimo los brazos. Y no siempre habla de desgracias. También ha sido testigo de algún que otro “milagro”.
El Highlander, otro compañero, igual se accidentó una vez por esta zona. Su camión quedó inservible: hecho pomada. Pero él escapó completamente ileso: cuando lo fuimos a ver al hospital, no tenía ni un rasguño. A veces, a uno le pasa algo, le coge luego miedo a la carretera y piensa que Dios le ha dado una segunda oportunidad, pero para hacer algo distinto: El Highlander montó una ferretería en Cochabamba.
En estas travesías internacionales, según Saúl, se aprende mucho: “a ponerte el cinturón de seguridad desde que te sientas, a llevar las luces prendidas cuando estás en movimiento, a no olvidar que sólo hay tres cosas importantes que uno debería tener en la cabeza cuando viaja: la supervivencia, los seres queridos, la carga”.
Recuerdos y silencios
En un lugar llamado “El Ovni”, Alfredo comenta que, a pesar de tratarse de una cuesta arriba, cuando uno deja aquí el camión en punto muerto, éste sube como si una mano invisible lo empujara. Nadie entiende bien a qué se debe esto: quizás sea una ilusión óptica, quizás algún campo magnético tira de la carrocería incomprensiblemente.
Después de su explicación, Alfredo calla. En los instantes de silencio —que los hay y muchos—, Alfredo suele acordarse de los que no están con él aquí: de su esposa, de sus wawas, de sus hermanos y de sus hermanas, de su padre, de su madre.
Mi padre era minero y nos cayó muy mal la época de la nacionalización de las minas. Vivíamos en un pueblo y fue muy complicado emigrar a El Alto. Mi papá tuvo que ponerse a cavar zanjas para el alcantarillado de algunos de sus barrios. Mi mamá empedraba calles, lavaba ropas, hilaba mantas. Y nosotros (los hijos) les ayudábamos.
Con esfuerzo —sudor, lágrimas, tropiezos—, y poco a poco, se estabilizaron. Alfredo comenzó a manejar camión por Yungas, por Santa Cruz, por Cochabamba, por el Altiplano. Su padre, Eusebio, hizo lo mismo. Saúl también se integró a esa rutina itinerante. Y hace unos años, armaron una empresa de transporte, El Yon, que cuenta con cinco vehículos propios y un plantel que ha incorporado a varios de los hermanos de Saúl y Alfredo.
Entre ellos, está Pablo, que es adoptado. Lo recogimos a sus 9 años porque nos encariñamos: él era huérfano. Hoy tiene 32 y lo consideramos uno más de los nuestros.
En su celular, Alfredo guarda algunas fotografías de sus “retoños”. Son cuatro: de 18, 12, 9 y 2 años. De vez en cuando, los muestra con orgullo; y también, con un poco de nostalgia porque recuerda las veces que no ha podido estar a su lado para hacer la tarea de la escuela. Pero ahora no. Ahora, Alfredo se ha ensimismado de nuevo en sus pensamientos, cabecea, y no tarda mucho en anunciar un “alto” para descansar un rato.
El mar, el puerto
Lunes. A las ocho de la mañana, los Volvo de Saúl y Alfredo toman por asalto el Truck Center de Arica, un centro de esparcimiento del tamaño de 40 piscinas olímpicas en el que hay baños, restaurante, lavandería, gasolinera, supermercado, billar y espacio para alrededor de 500 vehículos. En la siguiente escena, los hermanos —en chancletas y con la toalla al hombro— se dirigen sin demasiada prisa y haciendo chistes hacia las duchas de este mall obrero. En esta ocasión, no se meterán al mar, como hacen siempre que se tercia, al codiciado mar chileno con el que Alfredo se ha emocionado muchísimas veces.
La primera vez que lo vi, fue una alegría. Ahora, en cambio, a ratos me da pena porque pienso en los bolivianos que no pueden venir a verlo. Yo, cuando están de vacación, traigo a mis hijos: vamos a la playa, hacemos shopping. Y a ellos todo eso les encanta.
Un poco después, en el centro de Arica, se acaba el relax y comienzan otra vez los ajetreos: con el agente que hoy mismo hará gestiones para la descarga del camión, con las autoridades portuarias. Luego, mientras aguardan a que les den por fin luz verde para deshacerse de una vez del flete de castañas, los dos choferes pasean: entre leones de mar, entre barcos viejos, entre expescadores que han caído en el alcoholismo y van de acá para allá en busca de un laburo sencillo que les genere unos pesitos para comprar un aguardiente. “Más que el viaje, lo que cansa realmente son las esperas”, dirá Alfredo.
A las 17.00, les citan en el puerto. La terminal marítima (TPA, según sus siglas) es un complejo enorme repleto de containers que conforman pequeños laberintos de paredes verticales y horizontales que sólo una potente bomba o un tsunami destrozarían por completo. Según las estadísticas, el 78% de lo que sale y entra por Arica es boliviano. O lo que es lo mismo: sin los clientes de Bolivia, la TPA no sobreviviría durante demasiado tiempo. A Alfredo y a Saúl lo que les angustia ahora es la operación en la que una gran grúa metálica jalará su carga para acomodarla sobre otros contenedores muy parecidos a los suyos. La maniobra dura exactamente dos minutos, dos minutos que se sienten como un siglo.
Al día siguiente, de regreso a El Alto, Saúl se anima a reflexionar en voz alta sobre el oficio: “Coincido en lo que sostiene Alfredo: lo más bonito son los regresos.
Pero quiero añadir algo: yo, tras tres o cuatro días de reposo, ya quiero partir de nuevo”.
(*) Este reportaje ha sido posible gracias al respaldo del periódico La Razón y es el resultado de una beca de la undécima versión del Fondo Concursable de Periodismo de Investigación de la UNIR que este año está relacionada con la vigencia o vulneración de derechos humanos en Bolivia.
Mi nombre es Alfredo Massi. Tengo 38 años y soy camionero: el dueño de un Volvo americano con el que viajo a Chile todas las semanas. Hago la ruta El Alto-Arica, Arica-El Alto desde hace casi 20 años. Me estoy haciendo viejo en la carretera.
Sábado. El camión —matrícula 2298— partió hace un par de horas desde una gasolinera de la periferia alteña. Se trata de una mole de fierro que remolca un container con 800 cajas de castaña de exportación y acelera ahora en medio de un paisaje monótono y frío, dominado por la paja brava y colores ocres y grises.
El camino invita a ratos al aburrimiento. Sobre el asfalto: algunas curvas, líneas blancas, líneas amarillas, rectas interminables. A su alrededor: mares de nubes, la sucesión de pueblos.
Me gusta salir temprano, sobre todo sabiendo cómo son las paradas y demoras en la frontera. Pero lo que más me agrada, lo más emocionante, siempre es retornar: el Illimani, los otros cerros, el ingreso a la ciudad, que mi mujer y mis hijos me esperen.
No me gusta enfermarme y que los medicamentos estén vencidos. Si uno se pone mal durante el trayecto, a veces no hay dónde lo atiendan. Una vez me resfrié muy duro, horrible ha sido, temblaba mucho. Por suerte, un primo que estaba en otro tráiler me friccionó con sus orines y me recuperé rápidamente. Ni siquiera yo mismo lo creía.
A Alfredo, a veces, lo confunden con Evo Morales: su peinado es tipo casco, con la raya al medio, y, de perfil, su nariz luce bastante parecida a la del Presidente. Pero él no suele presumir de eso, sino de su mirada de escopeta: donde pone el ojo —suele decir— pone la llanta.
La vida del volante
Mi nombre es Saúl Massi, pero muchos de los que me conocen me dicen El Flaco. Alfredo es mi hermano. Tengo 31 años y soy camionero. A los 10, ya trabajaba como voceador de un minibús; y aprendí a conducir a los 13. Cuando Alfredo retornaba de algún viaje, a veces, me subía a su camión sin que él se diera cuenta, lo ponía en marcha, lo movía y luego lo dejaba de nuevo en el parqueo. Me pilló porque no siempre lo acomodaba del todo bien, en el mismo sentido en el que estaba. Desde entonces, me entusiasma ir de aquí para allá, la vida del volante.
Saúl es un peso pluma: fino como aguja. Tiene los ojos chiquitos, patillas ralas y la pinta de un karateka trasnochado después de una pelea: cara de pillo, pelo revuelto. Su Volvo es igual al de su hermano Alfredo, sólo que algo más moderno. También lleva un cargamento de castaña encima. Su valor: 95.000 dólares.
Saúl, que no es propietario del vehículo, recibe un sueldo mensual de más o menos 400 dólares, 237 veces menos de lo que cuestan las 15 toneladas que transporta en estos momentos.
Yo siempre he deseado un camión propio. El camión, al final, es como una casa, el ambiente donde uno suma nuevas experiencias. Gracias a él, he podido hacer amigos: El Tortuga, El Cara de Wawa, El Viejo, La Bella y La Bestia . Con ellos toca compartir fechas señaladas, como la Navidad. Son como una segunda familia para uno.
El almuerzo —charque, papa, huevo duro— es en Patacamaya, a las 12.20. Quizá Saúl no vuelva a meterse otro plato caliente entre pecho y espalda antes del anochecer. A veces es así: se come donde se puede y lo que hay. En ocasiones, no hay nada. A ratos, es difícil distinguir el hambre del apetito. Y la dieta suele ser un crimen nutricional: rica en calorías, pobre en carbohidratos; rica en grasas saturadas, pobre en hierro; llena de salsas industriales —ketchups, mostazas, mayonesas—, llena de pollos crocantes que las caseritas iluminan con un foco para que permanezcan tibios.
Cuando no voy con demasiada carga, yo suelo llevar una pequeña hornilla y su garrafa para hacerme té o matecito y matar el frío. Porque a veces es grave, sobre todo cuando nos quedamos en medio de un bloqueo. Una vez estuve parado varios días por eso y tuvieron que traerme agua desde muy lejos porque ya no me quedaba nada. Fue rudo.
El soundtrack del camino
En el camión de Alfredo hay una litera, varias gavetas, frazadas, una almohada azul de los pitufos, un casco de obra, un armario, un cajón con una Biblia chiquita, con documentación, con tarjetas usadas de teléfono, un cargador de baterías, un peine de plástico, botellas vacías.
También llevo montos grandes de dinero. En una ida y vuelta a Arica gasto fácilmente entre 500 y 600 dólares únicamente en combustible. A veces, incluso más; y luego hay que pagar los peajes, la alimentación, los caprichos, los refrescos. Siempre tengo a mano alguito extra para emergencias. Y trato de no hacerme faltar hoja de coca. En nuestra profesión, casi todos pijchan. Pijchar es bueno. Te quita los dolores cuando estás un poquito enfermo. Y ayuda además cuando está por agarrarte el sueño.
En la cabina del chofer, la radio casi siempre es una buena compañera contra el tedio. Y en los dominios de Alfredo el soundtrack habitual es capaz de hacer bailar a un moribundo: folklore, salsa, rock, chicha, bachata, composiciones románticas.
Ahora suena un CD remix con una portada en la que se ven unas palmeras y un título a juego —Tropiclásicos, dice la bolsita en la que se hallaba el disco—.Reúne grupos de nombres sugestivos (Amor Azul, Ráfaga, Tormenta, La Bamba) y canciones aptas sobre todo para potenciales suicidas: Volver a empezar, Engañadora, Maldito corazón o Amantes.
Uno de los cantantes que disfruto mucho es Roberto Carlos, sobre todo por su voz; y por su tema Camionero. Él habla de lo que nos pasa, de la soledad, de la tristeza.
Cuando Alfredo no está escuchando música, sintoniza a ratos algún dial extraño. Con su aparato de onda corta logra agarrar emisoras de parajes lejanos. Y a veces se adormece con el runrún de un noticiero ruso o se espabila con la sabrosura y el son de un locutor cubano.
Destellos amarillos
Para Saúl, que ha recorrido la mayor parte del país en “colosos” parecidos al que actualmente maneja, la representación de la frontera —Tambo Quemado en Bolivia y Chungará en Chile— no son las construcciones compactas, ni el viento nervudo que pareciera soplar en toda dirección imaginable ni los paisajes como apocalípticos, sino la hilera de vehículos de alto tonelaje con rumbo a Arica que a diario se tranca.
Las filas suelen ser interminables. Las hacemos para que los funcionarios revisen la mercancía, para dejar documentación, para que nos sellen. Y es muy estresante. Antes, llegábamos al puerto, a nuestro destino, en un día. Ahora, eso es casi imposible.
También hubo un antes —cuando Saúl era todavía chico— en el que tardaban alrededor de una semana. Por aquel entonces, Saúl solía acompañar a Alfredo o a su padre en algunos de esos periplos; y los atrasos no eran por culpa de los aduaneros, sino porque la vía no estaba pavimentada. Porque era de greda y el camión, en ocasiones, se trababa.
Cuando ocurría algo así, ellos renegaban y yo me divertía mucho. Recogíamos arbustos y los colocábamos frente a las ruedas para que no resbalaran, para sacarlas.
Son las 19.30, Alfredo y Saúl ya cenaron y lo que le preocupa al menor de los hermanos es hallar al responsable de un vehículo que le corta el paso. Saúl decide regresar al sector del papeleo y pregunta ahí por la matrícula: “El 2911”, grita desde el fondo de un pasillo en el que aguardan turno entre 40 y 50 camioneros.
Nadie responde. “El 2911”, vuelve a intentarlo sin éxito. “El 2911, lo acabo de chocar”, bromea después. Y entonces, sí: aparece enseguida el conductor del 2911 y Saúl puede arrancar su Volvo de nuevo.
Saúl avanza unos minutos en mitad de una oscuridad inquietante y, tras varios volantazos para esquivar un par de baches y algún que otro hueco profundo, Chungará aparece como un horizonte de focos amarillos. El puesto fronterizo ya cerró; y entre los destellos y Saúl debe haber al menos cuatro kilómetros de tráilers que también pasarán la noche acá, varados en este limbo tan particular que nadie sabe bien a quién pertenece.
Tierra de nadie
Domingo. Alfredo se levanta a las tres de la madrugada, prende el motor de su Volvo para que no se enfríe y éste se queja repetidamente como si tuviera tos.
Media hora después, Alfredo lo apaga, dormita un poquito; y a las 07.00 está otra vez con un ojo avizor para ver qué ocurre.
Lo que ocurre es que toca ser paciente. Así siempre es. Y es mejor no salir de la colcha hasta que esto se mueva. Cuando uno asoma las narices muy pronto, se agripa. A veces, un señor viene en su auto y vende café. Pero casi nunca alcanza para todos. Si no estás al principio de la cola, como nosotros hoy, ni siquiera se puede contar con eso.
En cuanto atisba un poco de acción fuera, Alfredo, que luce un ll’uchu marrón que le cubre las orejas, lo primero que hace es arreglar su cama, que queda en la parte posterior de la cabina helada. Luego, intenta adivinar cuánto tardará en cruzar a Chile; y no es muy optimista. “No saldremos de aquí al menos hasta las cuatro de la tarde”, profetiza. Por ahora, los camiones, que uno detrás de otro tienen la apariencia de una serpiente gigantesca, apenas se esfuerzan. Y Chungará parece todavía un espejismo inabordable.
En otras fronteras no es igual que acá, cada una tiene sus particularidades y, según el tramo que uno hace, también son diferentes los problemas con los que se enfrenta. Cuando uno va a Perú, por ejemplo, es más fácil resolver todos los trámites, pero después tiene que tener mucho más cuidado con lo que transporta. Una vez, cuando había hartísima guerrilla, yo llevaba azúcar y me asaltaron unos hombres con ponchos y con carabinas. De Sendero Luminoso han debido ser. Antes de dejarme marchar, me obligaron a bajar diez sacos de la mercadería. Más bien que a mí no me hicieron nada.
Alfredo arriba a Chungará alrededor de las 18.20, hora chilena —las 17.20 en Bolivia—. Media hora, después —y tras casi un día entero en tierra de nadie— atraviesa los controles. En ese lapso, él y Saúl comieron sólo una empanada frita y unas galletas.
Chatarra y cruces
A partir de aquí, la carretera se pone interesante: curvas complicadas curvas sencillas, curvas asesinas. Saúl mantiene un ritmo anodino. Es consciente de que no debe correr: en este sector —la Ruta del Desierto— ha habido decenas de percances.
Mi hermano suele decir que el principal error de los principantes es confiarse. Y es cierto. Hay sitios en los que uno piensa que puede ir más rápido cuando no es así; y luego, le mete al acelerador y se embarranca. El mismo Alfredo, una vez que granizaba harto, bien jodido se ha volcado. Se fracturó una parte de la columna. Lo tuvieron que sacar en ambulancia. Estuvo tres meses echado y creo que otros seis sin trabajar. Desde entonces, odia que llueva.
En algunos trechos, sobre todo donde las laderas son pronunciadas, la vía parece un cementerio: está repleta de remolques que cayeron, chatarra oxidada y precipicios que parecieran tragar hierro; y también, de cruces de madera y nichos en homenaje a los que fallecieron aquí por un mal cálculo, por un descuido, porque fallaron los frenos. En algunos hay flores marchitas; en otros, juguetitos —es así cuando entre las víctimas hubo algún niño—; y muchos ya no revelan nada: están ahí, pero son como renglones vacíos.
Donde el sendero se estrecha, el manejo se vuelve bastante peligroso. Y hay que tener cuidado. En ese rincón de ahí, en plena montaña, se estrelló un colega que iba con su pareja y sus tres hijas. No se salvó nadie. La mujer salió disparada por el cristal tras el impacto y el resto agonizó poco después a causa del incendio. Más allá, otro camionero se salió de la calzada por un giro que hizo a demasiada velocidad y murió decapitado.
Saúl cuenta las historias con detalle, como si fuera un periodista de esos periódicos amarillistas que sólo se animan a dar malas noticias. Lo hace de forma teatral, agitando muchísimo los brazos. Y no siempre habla de desgracias. También ha sido testigo de algún que otro “milagro”.
El Highlander, otro compañero, igual se accidentó una vez por esta zona. Su camión quedó inservible: hecho pomada. Pero él escapó completamente ileso: cuando lo fuimos a ver al hospital, no tenía ni un rasguño. A veces, a uno le pasa algo, le coge luego miedo a la carretera y piensa que Dios le ha dado una segunda oportunidad, pero para hacer algo distinto: El Highlander montó una ferretería en Cochabamba.
En estas travesías internacionales, según Saúl, se aprende mucho: “a ponerte el cinturón de seguridad desde que te sientas, a llevar las luces prendidas cuando estás en movimiento, a no olvidar que sólo hay tres cosas importantes que uno debería tener en la cabeza cuando viaja: la supervivencia, los seres queridos, la carga”.
Recuerdos y silencios
En un lugar llamado “El Ovni”, Alfredo comenta que, a pesar de tratarse de una cuesta arriba, cuando uno deja aquí el camión en punto muerto, éste sube como si una mano invisible lo empujara. Nadie entiende bien a qué se debe esto: quizás sea una ilusión óptica, quizás algún campo magnético tira de la carrocería incomprensiblemente.
Después de su explicación, Alfredo calla. En los instantes de silencio —que los hay y muchos—, Alfredo suele acordarse de los que no están con él aquí: de su esposa, de sus wawas, de sus hermanos y de sus hermanas, de su padre, de su madre.
Mi padre era minero y nos cayó muy mal la época de la nacionalización de las minas. Vivíamos en un pueblo y fue muy complicado emigrar a El Alto. Mi papá tuvo que ponerse a cavar zanjas para el alcantarillado de algunos de sus barrios. Mi mamá empedraba calles, lavaba ropas, hilaba mantas. Y nosotros (los hijos) les ayudábamos.
Con esfuerzo —sudor, lágrimas, tropiezos—, y poco a poco, se estabilizaron. Alfredo comenzó a manejar camión por Yungas, por Santa Cruz, por Cochabamba, por el Altiplano. Su padre, Eusebio, hizo lo mismo. Saúl también se integró a esa rutina itinerante. Y hace unos años, armaron una empresa de transporte, El Yon, que cuenta con cinco vehículos propios y un plantel que ha incorporado a varios de los hermanos de Saúl y Alfredo.
Entre ellos, está Pablo, que es adoptado. Lo recogimos a sus 9 años porque nos encariñamos: él era huérfano. Hoy tiene 32 y lo consideramos uno más de los nuestros.
En su celular, Alfredo guarda algunas fotografías de sus “retoños”. Son cuatro: de 18, 12, 9 y 2 años. De vez en cuando, los muestra con orgullo; y también, con un poco de nostalgia porque recuerda las veces que no ha podido estar a su lado para hacer la tarea de la escuela. Pero ahora no. Ahora, Alfredo se ha ensimismado de nuevo en sus pensamientos, cabecea, y no tarda mucho en anunciar un “alto” para descansar un rato.
El mar, el puerto
Lunes. A las ocho de la mañana, los Volvo de Saúl y Alfredo toman por asalto el Truck Center de Arica, un centro de esparcimiento del tamaño de 40 piscinas olímpicas en el que hay baños, restaurante, lavandería, gasolinera, supermercado, billar y espacio para alrededor de 500 vehículos. En la siguiente escena, los hermanos —en chancletas y con la toalla al hombro— se dirigen sin demasiada prisa y haciendo chistes hacia las duchas de este mall obrero. En esta ocasión, no se meterán al mar, como hacen siempre que se tercia, al codiciado mar chileno con el que Alfredo se ha emocionado muchísimas veces.
La primera vez que lo vi, fue una alegría. Ahora, en cambio, a ratos me da pena porque pienso en los bolivianos que no pueden venir a verlo. Yo, cuando están de vacación, traigo a mis hijos: vamos a la playa, hacemos shopping. Y a ellos todo eso les encanta.
Un poco después, en el centro de Arica, se acaba el relax y comienzan otra vez los ajetreos: con el agente que hoy mismo hará gestiones para la descarga del camión, con las autoridades portuarias. Luego, mientras aguardan a que les den por fin luz verde para deshacerse de una vez del flete de castañas, los dos choferes pasean: entre leones de mar, entre barcos viejos, entre expescadores que han caído en el alcoholismo y van de acá para allá en busca de un laburo sencillo que les genere unos pesitos para comprar un aguardiente. “Más que el viaje, lo que cansa realmente son las esperas”, dirá Alfredo.
A las 17.00, les citan en el puerto. La terminal marítima (TPA, según sus siglas) es un complejo enorme repleto de containers que conforman pequeños laberintos de paredes verticales y horizontales que sólo una potente bomba o un tsunami destrozarían por completo. Según las estadísticas, el 78% de lo que sale y entra por Arica es boliviano. O lo que es lo mismo: sin los clientes de Bolivia, la TPA no sobreviviría durante demasiado tiempo. A Alfredo y a Saúl lo que les angustia ahora es la operación en la que una gran grúa metálica jalará su carga para acomodarla sobre otros contenedores muy parecidos a los suyos. La maniobra dura exactamente dos minutos, dos minutos que se sienten como un siglo.
Al día siguiente, de regreso a El Alto, Saúl se anima a reflexionar en voz alta sobre el oficio: “Coincido en lo que sostiene Alfredo: lo más bonito son los regresos.
Pero quiero añadir algo: yo, tras tres o cuatro días de reposo, ya quiero partir de nuevo”.
(*) Este reportaje ha sido posible gracias al respaldo del periódico La Razón y es el resultado de una beca de la undécima versión del Fondo Concursable de Periodismo de Investigación de la UNIR que este año está relacionada con la vigencia o vulneración de derechos humanos en Bolivia.
La Alcaldía digitaliza la hemeroteca municipal
La Biblioteca Municipal de La Paz recibió un moderno escáner que digitalizará más de 4.500 ejemplares de periódicos editados en La Paz desde 1845. Así, la hemeroteca de esta institución es la primera con este servicio del país.
Además de la compra del equipo, el repositorio municipal invirtió Bs 3 millones para las modernización del espacio en mejoras en la infraestructura, los sistemas de cubiertas, techos, fachada, baños y el lote de computadoras.
Esta innovación forma parte de las actividades con las que se celebró los 175 años, que se cumplieron ayer.
Ésta es la primera biblioteca pública de La Paz y en su interior se atesoran importantes colecciones bibliográficas, incluyendo los libros de Yolanda Bedregal, donados este año.
Subastan el libro más caro de la historia en 14,2 millones de dólares
El libro más caro del mundo fue vendido el martes en 14,16 millones de dólares en Sotheby’s en Nueva York, según informó la casa de subastas.
El Bay Psalm Book (El Libro de Salmos de la Bahía) es el primer libro escrito y vendido en lo que ahora es Estados Unidos. Su precio de venta rompió el récord por un libro subastado, dijo Sotheby’s.
El filántropo David Rubenstein compró una de las 11 copias que quedan.
El hombre "planea compartirlo con el público estadounidense al prestarlo con bibliotecas en todo el país, antes de hacer un préstamo a largo plazo en una de ellas", de acuerdo con Sotheby’s.
El Bay Psalm Book es una traducción de los salmos bíblicos hecha por los puritanos y fue una parte importante para su iglesia.
"Es muy valioso porque es el principio de la civilización occidental en este país", dijo David Redden, vicepresidente de Sotheby’s. "De hecho, es el primer poesía en Estados Unidos, tan sencillo como eso".
Actualmente, las 11 versiones que sobreviven de las 1.700 originalmente impresas están en colecciones institucionales, incluyendo las de Harvard, Yale, Oxford, la Biblioteca Pública de Nueva York y la Biblioteca Huntington en California.
El libro subastado el martes es parte de la colección de la Iglesia Antigua Sur en Boston, Massachusetts, que lo tuvo por más de 300 años. Es una de las dos copias que poseían, y la venta busca apoyar su misión y ministerio en Boston.
Los puritanos congregacionalistas, que se asentaron en la Bahía de Massachusetts en busca de libertad religiosa, quisieron traducir y producir una versión del Libro de los Salmos más cercana al hebreo original que la que habían llevado de Inglaterra.
La primera edición del Libro de Salmos de la Bahía fue impreso en Cambridge, Massachusetts. La venta del martes constituye la primera vez desde 1947 y la segunda vez desde 1894 que una copia es subastada. En 1947, fue vendida por el mayor precio de cualquier otro libro impreso hasta ese entonces: 151.000 dólares.
"Este pequeño libro de 1640 fue el precursor de las batallas de Lexington y Concord, y, al final de cuentas, de la independencia política", dijo Redden. "Con él, Nueva Inglaterra declaró su independencia de la Iglesia de Inglaterra".
El Bay Psalm Book (El Libro de Salmos de la Bahía) es el primer libro escrito y vendido en lo que ahora es Estados Unidos. Su precio de venta rompió el récord por un libro subastado, dijo Sotheby’s.
El filántropo David Rubenstein compró una de las 11 copias que quedan.
El hombre "planea compartirlo con el público estadounidense al prestarlo con bibliotecas en todo el país, antes de hacer un préstamo a largo plazo en una de ellas", de acuerdo con Sotheby’s.
El Bay Psalm Book es una traducción de los salmos bíblicos hecha por los puritanos y fue una parte importante para su iglesia.
"Es muy valioso porque es el principio de la civilización occidental en este país", dijo David Redden, vicepresidente de Sotheby’s. "De hecho, es el primer poesía en Estados Unidos, tan sencillo como eso".
Actualmente, las 11 versiones que sobreviven de las 1.700 originalmente impresas están en colecciones institucionales, incluyendo las de Harvard, Yale, Oxford, la Biblioteca Pública de Nueva York y la Biblioteca Huntington en California.
El libro subastado el martes es parte de la colección de la Iglesia Antigua Sur en Boston, Massachusetts, que lo tuvo por más de 300 años. Es una de las dos copias que poseían, y la venta busca apoyar su misión y ministerio en Boston.
Los puritanos congregacionalistas, que se asentaron en la Bahía de Massachusetts en busca de libertad religiosa, quisieron traducir y producir una versión del Libro de los Salmos más cercana al hebreo original que la que habían llevado de Inglaterra.
La primera edición del Libro de Salmos de la Bahía fue impreso en Cambridge, Massachusetts. La venta del martes constituye la primera vez desde 1947 y la segunda vez desde 1894 que una copia es subastada. En 1947, fue vendida por el mayor precio de cualquier otro libro impreso hasta ese entonces: 151.000 dólares.
"Este pequeño libro de 1640 fue el precursor de las batallas de Lexington y Concord, y, al final de cuentas, de la independencia política", dijo Redden. "Con él, Nueva Inglaterra declaró su independencia de la Iglesia de Inglaterra".
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