lunes, 19 de marzo de 2012

De Guido Molina Velásquez "Mis Poemas del Alma" un material dedicado al ser amado

El escritor Guido Molina Velásquez, ayer presentó un poemario dedicado a aquellos seres que aman, denominado "Mis Poemas del Alma", un material de 70 páginas aproximadamente, que resume en su contexto el sentimiento más hermoso que es el amor.

En este material se encuentran poemas como: Bandera en la Diversidad, un poema dedicado al civismo que tiene el ciudadano que entrega su vida en el colegio y la milicia, además de entregarse más allá de la exigencia de la sociedad.

O el poema "Mi poema del alma", jamás imaginé vida mía, que tan solo bailar frente a ti iluminarías mi corazón, para inspirar mis versos sobre ti, es que en realidad eres ¡mi poema del alma!, eres tan importante mi vida como las flores de mi jardín, rezan algunas de las estrofas de este poema dedicado a la santa patrona de los orureños, la Virgen del Socavón.

Esta pequeña antología, nos permite apreciar el sentir del autor, Guido Molina Velásquez, quien en las páginas de ese impreso desarrolla el sentido creativo de lo que es el amor, en su concepción más pura.

En la presentación de Molina, dedica sus versos a la madre, el padre, la Virgen de la Candelaria, Oruro, el amor, el recuerdo y otros diferentes tópicos desarrollados a través de la pluma creadora del escritor.

En sus versos Molina sólo describe aquello que muchas personas no pueden hacerlo, de los 33 poemas, uno de ellos es "Gracias Papá", donde detalla la experiencia de un niño con su padre, desde sus primeros pasos, en el colegio, y la dedicación que este tiene, con su hijo.

"Cansado de tanto esperar, ya agobiado en su pelo gris y en su lento caminar, se veía cuán grande era su esfuerzo, en su mirada tierna, veía su sabiduría, como queriendo expresar… ya he cumplido", es una de las estrofas de su poema dedicado al Día del Padre que se recuerda hoy.

domingo, 18 de marzo de 2012

Christian Vera: “juego con ciertos estereotipos”

El ganador del Premio Nacional de Poesía “Yolanda Bedregal” 2008 presenta su primera novela con la editorial El Cuervo.

“¿Acaso hay colegio en el mundo que no sea un experimento artificial de socialización? ¿Una herramienta para perpetuar la clase social? ¿Un laboratorio humano con altas paredes y con un alto índice de fracaso?”. Click, la primera novela de Christian Vera, Premio Nacional de Poesía “Yolanda Bedregal” 2008 con Ciudad Trilce, es, como puede verse, una ficción situada en un colegio de una población que puede o no ser La Paz. La nueva propuesta de la editorial El Cuervo cuenta la historia de un profesor de literatura que pasa los días entre las paredes de esta institución, hasta que algo que hacía tiempo latía dentro suyo decide concretarse. Para saber algo más de la historia, Fondo Negro se entrevistó con Vera.

—Descríbenos brevemente cuál es el argumento de Click.
—Un día, que no es cualquier día, el personaje (un profe), ingresa a su trabajo (un colegio). A su paso va surgiendo una serie de múltiples historias que giran alrededor de esa inmensa caja de narraciones que es un colegio. Y en ese repaso narrativo, la novela propone cuestionamientos, historias, imágenes, acciones, contradicciones y personajes que habitan en una institución escolar.

—Frente a ese colegio, en muchos sentidos, monstruoso, y una vida poco esperanzadora e uniformizadora, las únicas válvulas de escape en la novela son el consumo de drogas (ansiolíticos, antidepresivos, pastillas motivadoras de inteligencia) o una vocación por la destrucción. ¿Por qué construir un escenario así?
—Me sedujo la idea de construir la trama alrededor de un colegio muy antiguo, con aires victorianos. Y que antes este espacio, la infraestructura, haya cobijado a un hotel, a un manicomio o a una cárcel. En cualquier ciudad, cuando uno entra a los colegios que ya cumplieron o cumplirán cien años o más, ese ambiente, esa atmósfera, está cargada de ficción. Esa sensación me sirvió para imaginarme este escenario colegial. Y me pareció ideal insertar a ese ambiente a un profesor neurótico, que no es cualquier profesor, sino más bien se trata de un intelectual muy vanidoso, pero que está prisionero en ese submundo fantasmal donde es imposible alimentar la vanidad.

—En algún momento, la novela afirma que “un colegio es una inmensa acumulación de historias tétricas”. Desde una perspectiva foucauldiana, un colegio como el de la novela (que antes fue un manicomio y cárcel) puede ser, además, esa institución en la que se generan e imparten discursos oficiales y extraoficiales de forma organizada. Sin embargo, el caos y cierta abulia generalizada parecen en la novela permearlo todo. ¿Qué se erige tras estas tensiones?
—Los colegios y escuelas, en general, tienen una fuerte herencia eclesiástica, también tienen que ver con instituciones como los manicomios y las cárceles. Todo esto, como dices, remite a filósofos franceses como Foucault y Deleuze. Hay una unión interesante entre el monasterio y la escuela, y eso es algo evidente en la novela. Es por esa herencia eclesiástica que el espacio educativo se construye a partir de su cerrazón y separación tajante con el espacio mundano. Por otra parte, otro mito instituido por la escuela es el del profesor como ejemplo de conducta. Además de portar las tecnologías específicas para la enseñanza, el docente debe ser ejemplo —físico, biológico, moral, social, epistémico, etcétera— de conducta a seguir por sus alumnos. Se puso un peso muy importante en el accionar de los profes, por lo que el maestro debía ser un modelo aun fuera de la escuela, perdiendo así su vida privada. Y eso en esta novela también se cuestiona o, mejor, se juega con esos elementos.

—Hablas en Click bastante acerca de zombies. ¿Los colegios son máquinas de hacer zombies? ¿La literatura y la farmacéutica (muy presente en la novela en forma de consumo de drogas) pueden ser escapes de ello o, acaso, su exacerbación?
—Creo que no sólo los colegios son máquinas de configuración de zombies… Hay muchos mecanismos productores de zombies, como la televisión, los discursos políticos, los sesgos ideológicos, la hipermodernidad, la tensión de vivir en ciudades poco habitables, como La Paz, Buenos Aires, entre otras… Hay muchas máquinas configuradoras de zombies y, claro, los colegios son espacios interesantes para su adoctrinamiento, siempre en sentido metafórico. Es ahí donde el personaje de la novela (el profe) es un individuo que quiere ayudar a su modo a potenciar las capacidades cognitivas de los estudiantes por caminos más modernos, químicos.
—El profesor de literatura es un tipo anodino, solitario, tristón, impotente ante la mayoría de las cosas. Se me figura como una especie de Bartlebly, por esa especie de destino fatal que lo une al colegio, como al personaje de Melville lo une a una oficina. Desde su pequeñez, desde su relativo anonimato y su negativa a la trascendencia, este personaje puede funcionar como crítica a esos grandes proyectos —políticos, económicos, literarios— característicos del siglo pasado y cada vez más venidos a menos. ¿Cómo ves la cosa?
—Intento jugar con ciertos estereotipos de lo que se podría catalogar como un estudiante de humanidades, un estudiante de literatura, por ejemplo, que emprende una carrera académica, pero que termina encerrado en un colegio y transformado en profe. Es también como una caricatura, como una ridiculización de la vanidad intelectual, literaria, que gira alrededor de este personaje. No creo que vaya tanto por una cuestión de “impotencia”, o de hacer una “apología” de la tristeza o la frustración. Es, creo, un intento por hacer un recorrido en la vida de un actual profesor de literatura… Tal como lo hizo Carlos Medinaceli en su epistolario Atrevámonos a ser bolivianos, en el que se plantea su grave conflicto con el alcohol, con la enseñanza, con el lenguaje, con su errancia, con esa crisis que les viene a los escritores por el no reconocimiento, la falta de dinero, los dilemas ideológicos, las crisis estéticas y creativas, las contradicciones tanto en las ideas como en los hechos. Todo eso está en el epistolario de Medinaceli y, salvando las enormes distancias, en registro de homenaje, también en Click.

21 Click, primera novela del autor de Ciudad Trilce, se presentará el miércoles 21 en la Cinemateca.

“Me sedujo la idea de construir una trama alrededor de un colegio muy antiguo, con aires victorianos. Y que antes este espacio, la infraestructura, haya cobijado a un hotel, a un manicomio o a una cárcel. En cualquier ciudad, cuando uno entra a los colegios que ya cumplieron o cumplirán cien años o más, ese ambiente, esa atmósfera, está cargada de ficción...”

Ciriaco Sandi Es un curtido maestro que acaba de publicar dos libros

Cuando Ciriaco Sandi era un niño, cada comienzo de curso tenía que andar durante dos días para ir desde la comunidad en la que vivía, Antora, en Potosí, hasta Sucre, donde se quedaba durante los meses de clase.

A los 16 terminó la escuela y, por necesidades familiares, no siguió estudiando. Sin embargo, su hermano Arturo, “un maestro excelente”, fue quien hizo que a Ciriaco le picara el gusanillo de la enseñanza. “No te quedes así, trata de estudiar”. Así fue como Sandi fue a Potosí a hacer la educación secundaria.

Cuando estaba en tercero, se convirtió en profesor de la normal rural gracias a que consiguió una beca. Para no abandonar su formación, este profesor combinaba el enseñar a sus alumnos con su propia educación. Para poder ir hasta la comunidad en la que impartía clases, subía en su bicicleta a las cinco de la mañana. Tras dos horas y media de pedaleo, llegaba a la escuelita donde trabajaba hasta las cuatro de la tarde.

Entonces, volvía a subir en su medio de transporte para regresar a Potosí y asistir a sus clases nocturnas. Llegaba a casa a las diez de la noche, pero no acababa ahí su jornada: tenía que hacer su tarea y le daba la una y las dos de la mañana a la luz de las velas. A las cinco, ya estaba sobre la bicicleta de nuevo. Vivió a ese ritmo durante dos años.

Algún tiempo después consiguió otra beca, en esta ocasión de la UNESCO, para estudiar en Tarija. Allí obtuvo su diploma en educación superior de Matemáticas y Física, su especialidad. Posteriormente, le comunicaron que sería catedrático en la normal rural, aunque él se consideraba muy joven para ello. Sus compañeros lo miraban con recelo por su juventud, y le plantearon un problema. “Yo tenía que salir del paso”. Estuvo toda una noche tratando de resolverlo. El cansancio le venció y se echó a dormir. Fue en sueños donde halló la solución, se levantó, prendió la vela y lo anotó. Así se ganó el respeto de los demás.

De sus estadías en comunidades, Ciriaco no sólo guarda recuerdos: toca el charango, que aprendió de observar a la gente. Incluso, forma parte de la Sociedad Boliviana de este instrumento . “Toco muy bien”, asegura el que ahora da clases en La Paz, aunque puede que pronto le hagan jubilarse. Sin embargo, su enseñanza siempre quedará para los alumnos: ha escrito dos manuales de Física y Matemáticas, donde ha plasmado toda su experiencia enseñando a los demás. Con sus lentes colgados de la chompa y su camisa, no pierde el aspecto de profesor.

La Enciclopedia Britannica dejará de publicarse; se acabó una forma de acceder al conocimiento

La paradoja es ésta: mientras más sabemos menos podemos saber. A través de los milenios, hemos acumulado conocimientos a un ritmo espeluznante. Mientras que en el siglo I, Plinio el Viejo se jactaba de poder redactar una Historia Natural con todo lo conocido hasta entonces, a partir del Siglo de las Luces la empresa ya no estaba al alcance de un solo hombre, y si bien Diderot concibió el proyecto de una enciclopedia total, requirió la contribución de docenas de expertos. Por supuesto, las enciclopedias existieron desde mucho antes, desde los catálogos y glosarios de la Mesopotamia antigua a los mil capítulos del Taiping yulan compuesto por orden de un emperador chino a fines del siglo X, pero el caso es que a partir del siglo XVIII nadie osa afirmar, como Pico de la Mirándola en el siglo XV, que lo sabe todo.

Para remediar esa flaqueza, y con un ojo en el bolsillo, a fines del siglo XIX varios editores decidieron lanzar la moda de las enciclopedias universales, ofreciendo de puerta en puerta, o por correspondencia, los imponentes volúmenes de las enciclopedias Chambers, Brockhaus, Montaner y Simón, Britannica y otras. Estos nuevos misioneros quisieron hacer creer a quienes se sentían apabullados por la inmensidad de lo que no sabían, que ahora tendrían un acceso privilegiado “al Parnaso de las Artes y las Ciencias”. Tener una enciclopedia en casa creaba la ilusión de que allí, al alcance de la mano y en orden alfabético, estaba todo lo que uno quisiera y pudiera preguntar, sin por lo tanto llegar a saber todo.

Mi generación fue quizás la última que se crió entre enciclopedias. Primero El tesoro de la juventud, con sus cubiertas sedosas y azules, donde leí por primera vez, en versiones resumidas, las aventuras de Don Quijote y de Ulises; la Junior Enciclopedia publicada por Columbia, en cuyos mapas coloreados aprendí que existía un mundo más allá de Europa y Argentina; la casi infinita Espasa Calpe, en cuyos escalofriantes artículos sobre órganos sexuales y enfermedades venéreas obtuve mi primera educación sexual. Consultábamos la enciclopedia para obtener un dato preciso, pero nos demorábamos en los artículos precedentes y posteriores, pasando con voluptuosa curiosidad de las campañas de Alejandro Magno a la ética altruista que Hobbes se dedicó a negar. Las miles de páginas por descubrir nos fascinaban.

Con la decisión de no publicar más la Enciclopedia Britannica se cierra una era en la que trocitos de saber universal estaban a nuestro alcance. Lo cierto es que recorrer un tomo cualquiera, perdernos en el camino y detenernos donde sea, no es igual a teclear una pregunta y recibir la respuesta inmediata. La enciclopedia virtual es sin duda más veloz, más al día. Sin embargo, hay en la lectura demorada, en la curiosidad sin prisa, en la vista material de las riquezas que la vasta enciclopedia de papel prometía, algo que no puede reemplazarse con mera eficacia electrónica. Quizás sea la nostalgia de saber que no podíamos saber todo.

El cuentacuentos argentino Claudio llega a Bolivia para enseñar su arte

El conocido cuentacuentos argentino Claudio Ledesma visitará Santa Cruz en abril próximo para dictar talleres sobre el arte de contar cuentos dirigidos a niños y adultos que deseen aprender de esta técnica oral.

Ledesma llegará a Santa Cruz como invitado de honor para la Exposición del Mundo Fantástico de Benjamín, libro de la escritora cruceña M. Sarah Mansilla, que se realizará por segunda vez consecutiva en la Manzana 1 Espacio de Arte, en abril, en el marco de la XIII Feria Internacional del Libro de Santa Cruz, Bolivia.

Los talleres, a realizarse el 11 y 12 de abril, son parte del proyecto literario, artístico y cultural de la saga de Benjamín, cuyo objetivo es ayudar a los niños y a los jóvenes a conquistar el placer de leer.

Un cuentacuentos es un narrador oral de cuentos e historias, que expresa por medio de la palabra, la voz y el gesto vivo, cuentos y otros géneros imaginarios que el protagonista inventa o reinventa en el momento para un público considerado interlocutor.

Según Mansilla, gestora de estos talleres, el contar cuentos es una de las formas de fomentar la lectura. Motiva a los niños y a los adolescentes a contar sus propias historias, despierta la imaginación y la creatividad, desarrolla el vocabulario y eleva la confianza en sí mismo, además que permite el desarrollo de la inteligencia emocional.

Ledesma, quien ha recibido varios premios nacionales e internacionales, entre ellos el Pregonero 2011 a Narrador Oral de la Fundación El Libro de Buenos Aires, es director del Festival Internacional de Cuentacuentos "Te doy mi palabra" que se lleva a cabo desde el año 2000 en Buenos Aires. Estudió el Profesorado de Castellano, Literatura y Latín, cursó la licenciatura en Artes Combinadas en la Universidad de Buenos Aires y es experto en Literatura Infantil y Juvenil.

Josep Barnadas, historiador y bibliófilo, es dueño de una de las bibliotecas particulares más grandes de Bolivia; en un libro cuenta su historia

He leído con deleite y admiración Una biblioteca singular… y otros escritos sobre libros de Josep Barnadas, historiador boliviano nacido en Cataluña. El libro viene a ser una muestra material de una vida que desde hace cincuenta años no ha cesado de perseguir y reunir textos de factura especializada. Lo conocí en 1998, en la ciudad de Sucre, cuando el pedagogo y costumbrista Luis Ríos Quiroga hizo una cena en su domicilio para presentarme al historiador y hablar del suplemento El Duende. Aún tengo presente que aquella relación nacida del casual encuentro sirvió para la consagración del suplemento literario en su monumental Diccionario Histórico de Bolivia, y quedar yo con el privilegio de su amistad. Con anotaciones abreviadas he de dedicar la presente introducción a obra tan singular como es su mismo título.

El núcleo simbólico-iniciático de la Biblioteca Barnadas fue Quito; Europa de su parte le permitió adentrarse en el mundo del libro; ganó experiencia en el oficio mendicante, desafió exigencias financieras, forjó amistades con incontables autores; merced a su paciencia, nunca hubo pausa para su labor de recolección más terca que febril, lo que le llevó a rastrear con denuedo títulos durante décadas.

La lluvia de impresos sigue incrementando su estantería con obras obsequiadas, mendigadas, en fin adquiridas con todas las artes imaginables. A veces, el olfato de pescador junto al arte del regateo y su habilidad retórica, le han facilitado la compra no sólo en los puestos callejeros sino conmoviendo a instituciones y autores alrededor del mundo, lo que le ha deparado pingües adquisiciones.

La biblioteca singular por estar a la medida de su dueño tiene su impronta; sería inexplicable su existencia desconectada de quien le ha dado vida. En cuanto al acervo bibliográfico, ahí están prominentes las fuentes de la historiografía. Otras secciones comprenden: teología, filosofía, metodología de las ciencias sociales. También se hallan monografías latinoamericanas, historia de la iglesia, temática española y catalana; de esta última el estudioso se precia de tener la mayor del país. No está ausente la bibliografía de la realidad comunista; sus convicciones sobre el socialismo están trasuntas en sus Au/c/tos de fe y Quadern de Praga. La sección variopinta de revistas es también importante.

Cuatro décadas de viajes alrededor del mundo en procura de libros al precio de una mendicidad apenas encubierta, a veces a cambio de la difusión de los hallazgos en un país exótico como Bolivia, marcaron evidencias de abnegación. Si faltan bibliotecas públicas o existen mal dotadas, nadie sufre por lo que ignora; pero un estudioso no se basta con lo publicado en la época, necesita referentes anteriores, entonces rastrea originales en un solitario via crucis. Barnadas no se detiene en remembranzas, comparte con el lector las técnicas del pescador en su obstinación libresca; tiene recursos de información sobre el libro buscado. Incide en la persistencia del mendigo para lograr su objetivo. Con paciencia y pericia echa la red, y el resto corre a cargo de los peces.

Muestra el autor diferencias entre libros para saber y libros para vivir. Si un libro enseña, comunica, descubre y el lector cuestiona y profundiza, esta experiencia le conduce a confrontar nuevas etapas de la vida, éstos son los libros para saber. En cambio, si los libros atraen irresistiblemente y transmiten fuerza y el gusto por vivir de determinada manera, se puede dar fe de ellos volviendo una y otra vez para recrear atmósferas, actitudes, convicciones, derrotas, valores; éstos son los libros para vivir.

Barnadas realizó su trabajo de investigación en diferentes bibliotecas y archivos de América y Europa, habiendo visitado una quincena de ellas, de las que anoto tres.

Biblioteca Ecuatoriana. Perteneciente a la Universidad Católica Ecuatoriana donde se graduó en Humanidades Clásicas. Cuenta que allí inició su primera campaña de trabajo alimentada por la volátil imaginación de adolescente. Sus escarceos le decidieron por un tema boliviano: Acción de los jesuitas en Charcas durante el siglo XVI. Tan grande fue el peso emblemático de esta biblioteca, que lo motivó para llevar a cabo en Bolivia algo parecido, aunque fueron otras las circunstancias que le tocó vivir.

El British Museum. En 1966 estuvo en Londres preparando su tesis doctoral en la misma biblioteca donde Karl Marx investigó los misterios de la economía capitalista; allí tuvo que compartir espacio con los papiros egipcios y khipu andinos.

Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia. Desde 1971 comenzó a trabajar en la Sala Moreno del principal repositorio nacional. Tuvo el privilegio de tratar con su Director Gunnar Mendoza y comprobar que el notable archivero y bibliógrafo con devoción hacía frente a gastos ineludibles para aquella Biblioteca que alcanzó prestigio continental. Otro investigador, Charles Arnade, bebió de la misma fuente, teniendo por guía al mismo director.

Una vida con libros es la docta evocación del doctor Barnadas sobre la cuestión entre el saber de la vida y el saber libresco. Cuando la inteligencia y la reflexión gozan de preferencia frente a sentimientos, experiencias y percepciones, el pensador catalán propone resolver la dualidad desde el rol del libro que confiere calidad a la vida, si bien los libros aparecen como opción subalterna frente a las modas culturales.

Otra dualidad: acción y contemplación; no se contraponen, es cuestión de prioridades, superioridades o prevalencias, que definen el desarrollo de cada vida. En consecuencia, la no-decisión está condicionada por la tradición, moldes, ausencia de conciencia en el derecho a decidir. Encuentra el autor que su vida misma es un ejemplo de dualidad: habiendo crecido programado familiarmente para el ejercicio de la agricultura, su paso por la Compañía de Jesús le decidió por la profesión historiográfica. Esta tipología: agricultura (acción) e historiografía (contemplación), definió su lucha vocacional entre la satisfacción de sus realizaciones frente a necesidades menos sublimes (economía, reputación, poder). El acierto/error de la opción decidida no tiene marcha atrás, sólo queda pagar el precio.

En los renglones postreros del subyugante libro, el autor proclama que la naturaleza de su biblioteca singular reside en la singularidad de su vida y de sus intereses intelectuales, que por ello creyó que valía la pena contar su historia, ésta tan merecida en homenaje a los libros, compañeros de su vida.

Vendieron 350 obras del premio de novela aymara

Pagina Siete
De mil ejemplares publicados el año pasado de la novela Jach’a Tantachawita Pachakutiru (Gran Reunión del Pachacuti), del escritor Federico Tórrez Márquez, obra ganadora de la primera versión del Premio “Guamán Poma de Ayala”, sólo se vendieron 350 ejemplares, según Cristina Wayar, representante del Grupo Santillana.

“No vendimos mucho, es casi el 35% y creemos que eso se debe a que no se tiene la costumbre de leer en aymara”, explica Wayar.

Además destaca que incluso el libro tiene incluido un CD de audio con la narración de la novela en aymara. “Se grabó en audio la novela con la intención de que pueda llegar a más gente y en especial a las personas que no escriben en aymara, pero que hablan y entienden la lengua”, dice. También indica que esta obra es muy útil para la gente que quiera aprender este idioma.

Wayar destaca que Santillana fue una de las primeras editoriales en lanzar libros de metodología para aprender las lenguas aymara y quechua.